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En cierto evento (cuyo objetivo eran analizar el fracaso escolar, aunque púdicamente no aparecía así en el lema de las Jornadas) los ponentes analizaron por activa, pasiva y perifrástica lo que, en sus autorizados conocimientos, estaba debajo, en medio y arriba del masivo epifenómeno del mencionado fracaso escolar. Comoquiera que un servidor estaba un tanto alarmado por el estilo de ciertos libros escolares, que utilizan una sintaxis abstrusa y poco didáctica, pregunté a los oradores si existía, por poco escasa que fuera, una relación entre el carácter del libro de texto y el fracaso escolar. Los ponentes que, al parecer, no esperaban tamaña impertinencia carraspearon, se miraron entre ellos y finalmente se les pusieron las cejas como acentos circunflejos. La respuesta, chispa más o menos, fue metafóricamente la siguiente: “Costa, la de Levante; playa, la de Lloret. Dichosos son los ojos que te vuelven a ver”. Posiblemente como alusión a la conocida romanza de la “Marina” del maestro Arrieta. Tesoneramente volví a repreguntar, aludiendo a las Matemáticas. ¿Cómo explican ustedes que coinciden dos elementos en la actualidad: nunca hemos tenido en España tantos (y excelentes) matemáticos, que publican en las mejores revistas de la comunidad científica internacional y, sin embargo, el fracaso escolar en dicha disciplina es más que evidente? La respuesta, un tanto sorprendente de los ponentes, fue ésta: “Nosotros somos de Letras”. Aunque, bien mirado, era mucho más concreta que si hubiera sido: “De los cuatro muleros que van al río, el de la mula torda es mi marío”.
Séame permitido un paseo por mi ayer. Yo tuve dos libros de texto de Matemáticas. Durante el bachillerato elemental el autor era don Matías López, un reputado catedrático del Instituto Padre Suárez de Granada. (Don Matías era uno de los dueños de la fábrica de chocolates que estaba en la barriada de La Caleta en Granada). Para el bachillerato superior --ignoró por qué-- utilicé el libro del tándem Rey Pastor y Puig Adam. Como es bien sabido, don Julio Rey Pastor fue un genio en esa disciplina que, tras la guerra, se exilió a Buenos Aires. Más tarde, tuve que soportar el tedioso ladrillo del Trocóniz-Belda en el Análisis Matemático: un libro que, a pesar de ser un descomunal latazo, guardo en casa como oro en paño.
Había grandes diferencias entre los libros de don Matías y don Julio. Don Matías explicaba las matemáticas de una manera sostenidamente conductista: despeje la incógnita, multiple por menos 1, saque la raíz cuadrada, aplique la derivada y se encontrará (como queríamos demostrar: cqd) lo que estábamos buscando. Es decir, don Matías no paraba de dar teta. Rey Pastor era lo contrario, de una austeridad románica que nos exasperaba: despeje la incógnita, multiplique por menos 1, búsquese la vida como pueda y llegará (como queríamos demostrar) al final del camino. Así las cosas, don Matías era una fábrica de aprobar matemáticas, pero no fomentaba creadores de matemáticas. Rey Pastor hacía que te devanaras la sesera y, finalmente, te incitaba a entrar en los arcana de la materia.
¿Por dónde íbamos? Ya caigo: en la relación, si es que la hay, entre el carácter del libro de texto y el fracaso escolar; y, si alguien lo sabe, si el profesorado de Matemáticas es licenciado en la materia. Cierto, puede haber físicos –y posiblemente curas de olla, de obediencia al cardenal Cañizares o su contrario-- que tengan más capacidad y más facultad de engatusamiento que un licenciado en Exactas... Pero, seguramente, serán excepciones. Así pues, lanzo nuevamente una señal de socorro para colmar mi fisgonería: de momento –y sólo de momento— de interesa saber, primero, qué nivel de salubridad tienen los libros de texto, y, después, si quienes enseñan los números o guarismos son duchos en el asunto o qué.








