viernes, 29 de junio de 2007

EL SUSPENSO EN LA SELECTIVIDAD CATALANA DE LAS MATEMATICAS






















Leído, visto y oído en los medios: el estudiantado catalán suspende Matemáticas en las pruebas de la Selectividad. La nota media no llega a 5. ¿Habrá quien le hinque el diente a esta patología o seguiremos encogiéndonos de hombros considerando que eso es una minucia?
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En cierto evento (cuyo objetivo eran analizar el fracaso escolar, aunque púdicamente no aparecía así en el lema de las Jornadas) los ponentes analizaron por activa, pasiva y perifrástica lo que, en sus autorizados conocimientos, estaba debajo, en medio y arriba del masivo epifenómeno del mencionado fracaso escolar. Comoquiera que un servidor estaba un tanto alarmado por el estilo de ciertos libros escolares, que utilizan una sintaxis abstrusa y poco didáctica, pregunté a los oradores si existía, por poco escasa que fuera, una relación entre el carácter del libro de texto y el fracaso escolar. Los ponentes que, al parecer, no esperaban tamaña impertinencia carraspearon, se miraron entre ellos y finalmente se les pusieron las cejas como acentos circunflejos. La respuesta, chispa más o menos, fue metafóricamente la siguiente: “Costa, la de Levante; playa, la de Lloret. Dichosos son los ojos que te vuelven a ver”. Posiblemente como alusión a la conocida romanza de la “Marina” del maestro Arrieta. Tesoneramente volví a repreguntar, aludiendo a las Matemáticas. ¿Cómo explican ustedes que coinciden dos elementos en la actualidad: nunca hemos tenido en España tantos (y excelentes) matemáticos, que publican en las mejores revistas de la comunidad científica internacional y, sin embargo, el fracaso escolar en dicha disciplina es más que evidente? La respuesta, un tanto sorprendente de los ponentes, fue ésta: “Nosotros somos de Letras”. Aunque, bien mirado, era mucho más concreta que si hubiera sido: “De los cuatro muleros que van al río, el de la mula torda es mi marío”.

Y como hasta la hora presente nadie me ha aclarado mis preguntas, las formulo por si hay alguien que tenga a bien aclararme mi fisgona inquietud. Con toda seguridad hay otras causas más relevantes para explicar el particular fracaso escolar en las Matemáticas. Pero, de momento, esto es lo que me interesa conocer. A lo que añado algo que no pude plantear (por no haber caído en la cuenta) en el evento anteriormente citado. A saber: ¿qué proporción existe, si se sabe, de licenciados en Exactas que explican al alumnado la asignatura de Matemáticas?


Séame permitido un paseo por mi ayer. Yo tuve dos libros de texto de Matemáticas. Durante el bachillerato elemental el autor era don Matías López, un reputado catedrático del Instituto Padre Suárez de Granada. (Don Matías era uno de los dueños de la fábrica de chocolates que estaba en la barriada de La Caleta en Granada). Para el bachillerato superior --ignoró por qué-- utilicé el libro del tándem Rey Pastor y Puig Adam. Como es bien sabido, don Julio Rey Pastor fue un genio en esa disciplina que, tras la guerra, se exilió a Buenos Aires. Más tarde, tuve que soportar el tedioso ladrillo del Trocóniz-Belda en el Análisis Matemático: un libro que, a pesar de ser un descomunal latazo, guardo en casa como oro en paño.


Había grandes diferencias entre los libros de don Matías y don Julio. Don Matías explicaba las matemáticas de una manera sostenidamente conductista: despeje la incógnita, multiple por menos 1, saque la raíz cuadrada, aplique la derivada y se encontrará (como queríamos demostrar: cqd) lo que estábamos buscando. Es decir, don Matías no paraba de dar teta. Rey Pastor era lo contrario, de una austeridad románica que nos exasperaba: despeje la incógnita, multiplique por menos 1, búsquese la vida como pueda y llegará (como queríamos demostrar) al final del camino. Así las cosas, don Matías era una fábrica de aprobar matemáticas, pero no fomentaba creadores de matemáticas. Rey Pastor hacía que te devanaras la sesera y, finalmente, te incitaba a entrar en los arcana de la materia.

Ahora bien, tanto los libros de don Matías López como los de don Julio Rey Pastor eran explicados por gentes que no eran licenciados en la materia. Concretamente, en mi caso, fue un cura de olla, un militar republicano que estaba represaliado en Utiel y un químico. Nunca ví, en aquellas épocas, qué cara tenía un licenciado en Ciencias Exactas. En todo caso, estos profesores eran un tanto chocantes: el cura de olla afirmaba que el número o guarismo era una construcción del hombre, aunque nunca lo puso en conocimiento de Rouco Varela; el capitán republicano, para no infundir sospechas y seguir ganándose la vida (¡bastante tuvo con lo que tuvo!) explicaba que el número o guarismo era una creación divina, aunque no precisó si esa divinidad era Dios Padre o Juno, esposa de Júpiter, cuyo apellido era Moneta: de aquí viene la palabra `moneda´. Juno Moneta o Juno la que Avisa.


¿Por dónde íbamos? Ya caigo: en la relación, si es que la hay, entre el carácter del libro de texto y el fracaso escolar; y, si alguien lo sabe, si el profesorado de Matemáticas es licenciado en la materia. Cierto, puede haber físicos –y posiblemente curas de olla, de obediencia al cardenal Cañizares o su contrario-- que tengan más capacidad y más facultad de engatusamiento que un licenciado en Exactas... Pero, seguramente, serán excepciones. Así pues, lanzo nuevamente una señal de socorro para colmar mi fisgonería: de momento –y sólo de momento— de interesa saber, primero, qué nivel de salubridad tienen los libros de texto, y, después, si quienes enseñan los números o guarismos son duchos en el asunto o qué.


Apostilla final de signo moderadamente historicista. Don José Viera fue un excelente maestro de escuela en Santa Fe. Siempre nos metió en la cabeza la importancia de saber echar bien las cuentas. Y, antes que él –me lo explicaron las personas mayores del pueblo— hubo un legendario profesor de una escuela particular: don José Batatero. Este don José acostumbraba a enseñar lo siguiente: los gordos no están interesados en que sepáis de cuentas, de esa manera os engañarán siempre en los jornales. Como es bien conocido en la Vega de Granada, los gordos son los de arriba. Porque el elenco de las clases sociales allí era éste: gordos, medianos, medianicos y jambríos: una sofisticada descripción socio-política que tal vez tiene su origen en las viejas influencias de los fabianos ingleses en la Vega granadina. (La foto de arriba sigue siendo un homenaje a Manolo Amor Deus que, primero luchó por la libertad y después por la vida: el amianto se lo llevó por delante. En la segunda foto está don Julio Rey Pastor)

jueves, 28 de junio de 2007

GRAMSCI, BAYLOS Y LA POLEMICA SINDICAL


A Eduardo Saborido no le gusta mucho la foto de Manolo Amor Deus que puse el otro día. Me manda ésta: Manolo aparece el primero a la derecha, según se mira. Añade Eduardo que no se me olvide que nos la hicimos cuando Tueros, Manolo y un servidor fuimos a Sevilla a dar apoyo al referéndeun del Estatuto de Autonomía hace ya un montón de años.


Al abnegado amanuense tecnológico que gobierna el blog de mi sobrino Antonio Baylos –una bitácora de, a mi entender, obligada lectura para gentes inquietantes-- ha “colgado” un texto que, sobre Antonio Gramsci, elaboró en su día el profesor Francisco Fernández Buey. Que, como se verá, se encuentra en:

http://baylos.blogspot.com/2007/06/un-texto-de-gramsci-para-recordar.html


El mencionado amanuense parece tener la intención, y así lo dice formalmente, de celebrar el Año Gramsci. Bien pensado y bien hecho. Pero tengo un cierto barrunto: ¿no será que el tito Ferino, el amanuense, nos está azuzando a Antonio Baylos y a un servidor a continuar la polémica sobre “el modelo de representación” en el centro de trabajo o, para entendernos, la utilidad de los comités de empresa, defendida por Baylos, que es contestada abiertamente por un servidor? Es decir, ¿hay gato encerrado, con la excusa del merecido homenaje al maestro sardo en la pluma, siempre autorizada de Paco Fernández Buey? Comoquiera que conozco la retranca del amanuense, me pienso que los tiros van por ahí: por volvernos a meter en la gresca en tan vieja como necesaria polémica.


Iré por partes. Mi sobrino Baylos y yo mismo podemos coincidir en que los tiempos de Gramsci y los actuales son distintos. Ambos también convenimos en que los consejos de fábrica en sus diversas versiones (Gramsci, Bordiga, Korsch, Luckács y Pannekoek) poco tienen que ver con el carácter y la personalidad de los actuales comités de empresa. Sobre el resto de la exposición gramsciana no me atrevo a afirmar si mi sobrino y yo estamos en sintonía. De manera que lo que viene a continuación no se dirige adversamente a Antonio Baylos.


El primer problema que se me aparece con relación a la exposición del maestro sardo es: “los sindicatos, han periclitado como instrumentos revolucionarios a consecuencia, por una parte, de las modificaciones de la composición de la fuerza de trabajo ocurridas en el capitalismo y...”, que afirmara Gramsci en sus tiempos. La frase --se recalca para quienes lean “en diagonal”— relaciona el `periclitado´ sujeto sindical con (dice) su inutilidad como `instrumento revolucionario´. La pregunta, entonces, no puede ser otra que la siguiente: ¿no se excedió el maestro sardo en definir el sindicalismo como sujeto revolucionario en su tiempo?

Veamos, cuando Marx polemiza con los lassalleanos sobre la relación entre el partido y el sindicato, nunca el barbudo de Tréveris habla del carácter revolucionario del sindicalismo. Por otra parte, Lenin habla del carácter “tradeunionista” de los sindicatos. Pero, hasta donde todos sabemos, el tradeunionismo fue, por naturaleza, reformista. Ahora bien, Lenin no podía de ninguna de las maneras calificar al sindicalismo de esa manera [reformista]. La razón es simple: en plena polémica con el `renegado´ Kaustky hablar de reformismo hubiera provocado una inmensa confusión en las filas leninistas. Pero, por otra parte, hablando de `tradeunionismo´ estaba soltando un cogotazo a la CGT francesa que, en la Carta de Amiens, se había declarado revolucionaria. Conclusión provisional: ni Marx ni Lenin concebían a los sindicatos como sujetos revolucionarios. Tampoco lo pensaba Trostky. Los sindicatos para Lev Davidovich eran la fiel infantería del partido, los encargados de que la producción tuviera unas características cuartelarias. Por otra parte, existe la suficiente literatura para sospechar que Nicolás Bujarin (“la joya del partido”, según Lenin) y Mijail Tomsky (el primer dirigente de los sindicatos soviéticos y miembro de la vieja guardia bolchevique) no pensaban tampoco en el carácter revolucionario de los sindicatos. (Bujarin y Tomsky, al igual que Trostky, como es bien sabido, fueron asesinados por don José Stalin).



Ahora bien, los “argumentos de autoridades” (Marx y Lenin) no son necesariamente un argumento que indique quién tenía razón: si éstos o Antonio Gramsci. Pero sí nos invitan, por lo menos, a pensar en que –en un tema de estas importantes características-- no había acuerdo. Con lo que cada cual puede seguir la vereda que estime más conveniente. Ahora bien, sorprende que pocos maîtres à penser hayan sacado a colación las meditaciones de Marx en su polémica contra los lassalleanos o los del propio Lenin acerca del carácter tradeunionista del sindicalismo. Y, todavía es sorprendente, que pocos –se cuentan con los dedos de media mano-- hayan revisitado ciertas cosas importantes que dejó dicho el maestro sardo. Por ejemplo, sólo cuatro y el cabo han referido la extraña exaltación de Gramsci acerca del “americanismo”, esto es, el fordismo y el taylorismo. No quiero tirar el agua a mi molino, pero lo cierto es que tanto Trentin como Juan Ramón Capella (el primero en “La città del lavoro”, en Feltrinelli, y el segundo en “Entrada en la barbarie”, Trotta) han puesto los puntos sobre las íes. Por lo que a mi respecta, Gramsci no atinó en lo que nos traemos entre manos. Pregunto: ¿por qué Gramsci iba a estar siempre en lo cierto?


Puede que me haya pasado de quisquilloso pensando que el amanuense baylosiano intentara provocarnos con motivo de la reedición del debate acerca del modelo de representación. Pero lo dicho, dicho está. En todo caso, sigo pensando en la necesidad de no demorar más la necesaria controversia pública acerca del mencionado asunto. De ahí que para provocar los jugos gástricos insista en que el comité de empresa es ya un freno para la acción colectiva del movimiento de los trabajadores y un mecanismo que tapona el imprescindible incremento de la afiliación a los sindicatos, entendida ésta como fuerza estable. Y quien quiera saber más, ahí tiene la polémica entre mi sobrino y un servidor en:
http://theparapanda.blogspot.com/2007/02/una-conversacion-particular.html






martes, 26 de junio de 2007

EN LA MUERTE DE MANOLO AMOR DEUS


¿Y eso por qué, Manolo? ¿No tenías otra cosa mejor que hacer? ¿Acaso no sabías que tenías que venir a casa junto con Eduardo Saborido? Leche, Monolo. Menudo trago. Pero, ¿no quedamos que tú eras más fuerte que la asbestosis que tuviste que tragar en aquellos tiempos? Pero, hombre, si sólo teneías dos años más que yo...


Manolo me quedo con tus risotadas, tu socarronería y el inmenso afecto que destilabas por todos los poros. Me quedo también con tu sabiduría. Pero no te admito que tuvieras prisa en saludar a nuestro Cipri. Manolo, te lo dije hace tiempo: que se mueran los cardos borriqueros. Pero, tan cabezón como siempre, no me has hecho caso. Manolo, así las cosas, te pido que me pongas a los pies de María Castiñeira, la gran dama del pueblo gallego.

domingo, 24 de junio de 2007

EN BRUSELAS MEDIO SE SALVARON LOS MUEBLES




Finalmente los primeros espadas se pusieron de acuerdo: habrá un mini tratado. El encuentro ha tenido como telón de fondo la grotesca teatralidad de los gemelos polacos, los Kaczinski, y la tradicional oposición británica, personificada en don Tony Blair, hacia todo lo que huela a cuestión social. En todo caso, el escollo que parecía más duro de pelar –“La Carta de los Derechos fundamentales”-- tendrá valor legal con carácter vinculante. Pero no será así en el Reino Unido: don Tony aborrece la codificación de los derechos sociales y, de manera particular, la norma que sanciona el derecho de huelga. Francamente, con esos caballeros del new-new-new Labour no me voy a tomar ni una limonada al bar de la esquina... Las Trade Unions sabrán qué hacer, si es que caen en la cuenta, naturalmente.


A decir verdad, el andamiaje constitucional del Tratado ha tenido finalmente una solución razonable, dado cómo están las cosas. Menos mal. Porque contrariamente a lo que puedan decir algunos, pienso que la crisis europea no se deriva fundamentalmente de la insuficiencia de las instituciones aunque, como quien dice, son manifiestamente mejorables. La crisis europea se deriva, en mi opinión, de la contradictoriedad de las políticas de cada inquilino de este patio de vecinos. Lo que es francamente llamativo en el caso de la política exterior. O sea, si con relación a la guerra de Irak, u otras situaciones más o menos similares, existe una profunda división, el problema no está en los procedimientos, sino en la subalternidad hacia la política norteamericana. Que en su día protagonizaron de manera muy visible don Tony, Berlusconi y Aznar junto a algunos mandatarios del Este europeo. En todo caso, en este aspecto (el de la política internacional) la ventaja es que tales contradicciones son visibles. Lo que no ocurre, con tanta claridad, en relación a la política económica de la Unión y a sus reflejos sobre la política social. Aquí, las contradicciones son tanto o más profundas, aunque siguen veladas. Es lo que Jean Paul Fitoussi calificó, en su día, como “debate prohibido”.

Ha sido un error que nadie con mando en plaza haya seguido las orientaciones de Jacques Delors. Quien, entre los años ochenta y noventa, afirmó lo que cualquier persona con cuatro dedos de frente pensaba: en la nueva fase de la globalización, si cada inquilino del patio de vecinos iba por su cuenta, cada país sería incapaz de hacerle frente a las embestidas del capitalismo internacional. De ahí el planteamiento delorsiano de trabajar por una nueva forma comunitaria, también unificando el mercado interno y creando la moneda única.

Las cosas, sin embargo, han ido en la dirección opuesta: la cooperación que planteaba Delors no sólo no ha avanzado sino que ha sido substituida por la práctica de la competitividad interna: cada cual para sí mismo y el mercado para quien pueda más. Más todavía, en vez de una política económica activa --orientada al crecimiento, el empleo y la salvaguarda del modelo social europeo en sus diversidades—se ha asistido a una política europea de carácter inhibitorio y paralizante. ¿Exageraciones? Pongamos algunos ejemplos.

1) El Banco Central Europeo asumió la lucha contra la inflación, a pesar de ser un puro fantasma, como el eje de la política económica europea. Como no existía riesgo alguno de disparo de la inflación –lo ha dicho mil veces don José Stiglitz y otros científicos con punto de vista fundamentado-- lo que se consiguió fue el drenaje de los salarios, la puesta en marcha de una miríada de tipologías de precarización de los empleos y la desregulación de los mercados de trabajo.


2) El Pacto de Estabilidad, al que Jospin le añadió la `morcilla´ “y de Crecimiento”, ha sido aplicado con absoluta ceguera. Contrariamente a lo que plantearon gentes de sobrada solvencia el gasto público por inversiones se recondujo dentro de los límites de los parámetros de Maastricht (el famoso tres por ciento del PIB): la que no es promovida por los poderes públicos no se pone en funcionamiento. Con lo que se sacrifica para las generaciones presentes y venideras las infraestructuras esenciales, la investigación, la formación, el desarrollo tecnológico, el empleo y tantas cosas que se cantaron con ritmo de bulerías en la Cumbre de Lisboa del año 2000.


3) Además, se ha puesto en funcionamiento una interpretación fundamentalista de la política de la concurrencia. Con la excusa de impedir las ayudas del Estado, favorecer las privatizaciones y las liberalizaciones, la Comisión Europea ha dejado el campo abiertamente abonado a todo tipo de especulaciones financieras, incluso con industrias fundamentales. No pongo ejemplos porque me dejaría en el tintero más de cincuenta casos...


Pero, como se decía más arriba, estas cuestiones de tan grande relevancia están quedando oscurecidas por otras que, aunque no irrelevantes, no tienen el calado de la cuestión económica. Bien, para incidir en ello está la Confederación Europea de Sindicatos. En efecto, el sindicato europeo tiene autoridad para llamarle la atención a quien sea menester. Pero tendrá más autorizada solvencia si deja de ser, al igual que la Unión, un patio de vecinos donde cada cual va por su lado o un conjunto de retales que, a falta de sastre titulado, no acaban de configurar un vestido razonablemente útil.

miércoles, 20 de junio de 2007

A LOS DIRIGENTES DEL PARTIDO SOCIALISTA EUROPEO: La Carta de los Derechos fundamentales



Raimon Obiols: http://www.noucicle.org/obiols/ Como dice la infantil jaculatoria: "En Vos confío". Cierto, moderadamente.



Me imagino las tribulaciones que ustedes están pasando estos días con relación a los trajines que se llevan entre manos los mandatarios europeos sobre el proyecto de nuevo Tratado de la Unión. También me imagino las horas que dedican a hilvanar una síntesis para que el nuevo texto sea --¿cómo decirlo?-- lo más decoroso posible. Y, por imaginar, me imagino los sinsabores que algún que otro mandatario europeo, inscrito en vuestras filas, os propina con sus desparpajadas opciones. Aplaudo, pues, los esfuerzos que llevan a cabo para que la Europa que necesitamos pueda contar con un texto normativo, capaz de ir conformando un nuevo sujeto político institucional digno de ese nombre.


Según parece ya no será posible que el antiguo texto –el que fue votado afirmativamente en España— tire adelante. Por lo que se ve, concitaba demasiadas enemistades que ponían la proa al itinerario de una Europa más fuerte en su diversidad; por lo que se ve, tampoco era bien visto que, en el viejo texto, hubiera una aproximada síntesis entre la flexibilidad abnorme que algunos querían consagrar en el campo de la economía y las seguridades, siempre relativas, que otros queríamos consagrar en el universo de los derechos sociales, culturales y ecológicos, siendo todos ellos políticos. Sin duda, algunos pensaron que, al igual que el vejancón del siglo XIX, "la legalité nous tue".


Así pues, hagamos de tripas corazón y aváncese hacia un texto razonablemente conveniente para que se detenga esta áspera caminata europea. Paciencia, pues: al fin y al cabo, no se ganó, afirman con o sin fundamento, Zamora en una hora. De manera que afinen ustedes bien la punta al lápiz y trabajen por el mejor texto posible. Sin embargo,...


Sin embargo, cabe la hipótesis –me disculparán mi osada, aunque sincera especulación-- de que en el do ut des obligado en todo tipo de negociaciones, ustedes no estén lo suficientemente atentos a lo que, genéricamente, podríamos llamar la `cuestión social´. Y, siguiendo la especulación, podría ser que, en aras a los necesarios acuerdos, ustedes se olvidaron del libreto y de la música que aprobaron en el Congreso de Oporto, en el otoño pasado. Si un servidor estuviera desbarrando, les pido mil disculpas. En todo caso, me sigo moviendo en la hipótesis de que ustedes se descuiden de la cuestión social.


De sobras saben ustedes que me estoy refiriendo al tema de la Carta de los Derechos fundamentales. Y, comoquiera que también conocen que hay más de un mandatario que propone lisa y llanamente que dicho texto se convierta en herrumbre, les llamo la atención al respecto: si dicha gramática decae, el mini tratado o tratado (o como quiera llamarse) sería pura filfa, agua de borrajas. Por no decir que sería una considerable derrota de los planteamientos de quienes quieren (queremos) darle a los derechos políticos que establece la Carta el valor y la utilidad que éstos estipulan. Más todavía, si ello ocurriera la noble genealogía de la izquierda europea habría sufrido una considerable discontinuidad. Entraríamos, de ser así, en un itinerario de poder discrecional de los de siempre con una ausencia notable de contrapesos. Para poner un ejemplo concreto, sólo diré que la flexibilidad se afianzaría como patología social y no como instrumento de abrir nuevas oportunidades colectivas e individuales. Unas y otras cosas podrían llevar a un desentendimiento de largo recorrido entre el movimiento de los trabajadores, organizado en los sindicalismos europeos, y las fuerzas del socialismo mayoritario. Aunque, a decir verdad, a algunas formaciones poco parece preocuparles, entretenidas como están refundándose continuamente o, dicho lorquianamente, disfrazándose de noviembre para no infundir sospechas.


En resumen, la necesaria búsqueda de consensos podría llevar –al igual que ha ocurrido en la historia de los convenios colectivos, pues nadie es perfecto— a que un tema principal decayera de la sintaxis para que otra cosa pueda salir adelante. O lo que es lo mismo: la Carta de los Derechos fundamentales se fuera al baúl de los recuerdos para que, en su lugar, luciera la abnorme práctica unilateral. Así las cosas, la noble etiqueta del reformismo quedaría reducida a una expresión banal: un término que lo mismo vale para un barrido y un fregado. En esas condiciones ¿cómo saldrían ustedes al paso de lo que alguien acaba de definir: una derecha popular –en su sentido no meramente político—avanza en Europa? La respuesta, aunque genérica, no puede ser otra: reconquistando la confianza de la ciudadanía. Ya lo dijo en su día Vittorio Foa: para que la gente tenga confianza en la política, ésta debe tener confianza en la gente. En caso contrario, las izquierdas podrían convertirse durante un largo periodo de tiempo, unas, en un reformismo tecnocrático, asténico de reformas y, otras, en fragmentos testimoniales. Impotentes ambas de, primero, frenar la antipolítica de masas y, después, de reconquistar el consenso de la gente.


P/S En el hipotético caso –y solamente en dicha hipótesis— de ustedes no salieran al paso del (parece que cantado) decaimiento de la Carta de Derechos fundamentales, ¿por qué el conjunto asalariado debiera mirarles con buenos ojos? Cierto, ustedes no son los responsables de lo que pueda salir. Pero ¿no les parece que deben hacer un gesto que vaya más allá de lo comedidamente protocolario?


jueves, 14 de junio de 2007

MAS REFLEXIONES SOBRE LA HUELGA ANDALUZA (2)




Rafael Rodríguez Alconchel –un veterano dirigente granadino de Comfía-- me explica por teléfono el desarrollo de la huelga general del sector de la Construcción en Granada y sus alrededores, como parte del conflicto que se ha dado en toda Andalucía. Ayer, en este blog, se daba cumplida información al respecto.


Rafael es un prejubilado de buen ver: no debe tener más de 55 años. Así es que, teniendo todo el día libre, se tiró casi de madrugada a la calle para ver cómo empezaba la jornada de huelga en Santa Fe y el resto de los pueblos de la Vega. Me dice: “Oye, no se vio ningún piquete; todo estaba parado”. Y ambos convenimos en esta conseja: conforme es más sentida una reivindicación, menos piquetes se necesitan. De donde se desprenden una serie de consideraciones en cascada que Rafael y un servidor hace tiempo que nos rondan la cabeza. Y son: 1) cuando el sindicalismo es la expresión natural de los deseos de la gente, mayor conexión se establece entre el sujeto colectivo y el conjunto asalariado; 2) cuando un planteamiento se discute abierta y masivamente entre representantes y representados, mayor es la capacidad de respuesta colectiva y menos son las resistencias al ejercicio del conflicto; 3) cuando se enlazan la representatividad y la representación, los instrumentos fugaces del ejercicio del conflicto dan paso a un sentir organizado de manera estable. Eso es lo que ha ocurrido en Andalucía, y eso es lo que vio Rafael Rodríguez Alconchel en Santa Fe y en los pueblos de la Vega. Concretando: la huelga estaba cantada de antemano.


Recorrida la Vega, nuestro amigo decide ir a la capital. En Granada ocurre tres cuartos de lo mismo. Y de la misma manera que en los pueblos, la ciudadanía respira simpatía y solidaridad con los huelguistas. En resumidas cuentas, no sólo existe un consenso entre los huelguistas sino del público en general con aquellos. El apoyo se basaba en un planteamiento claro: se trata de trabajar en mejores condiciones. Y, siguiendo el hilo de las conclusiones –provisionales o no tanto-- podríamos decir que esta huelga es una expresión de la valoración social del trabajo y, desde aquí, de la valoración social del ejercicio del conflicto.


El problema que, en todo caso, tienen –no sólo ellos-- los trabajadores andaluces del sector y sus organizaciones sindicales no es otro que el carácter de una patronal orgánica, anclada en métodos y tiempos antañones. ¿Modernizar las relaciones laborales? Parece que se contestan: ¿Y para qué? Si desde los tiempos de Isabel y Fernando se trataba de la misma manera, y nos ha ido la mar de bien, ¿a santo de qué vamos a cambiar? Cierto, les ha ido bien porque ejercían unilateralmente el monopolio de la fijación de las principales variables de la organización del trabajo. Cierto, porque externalizaban (y lo siguen haciendo) los efectos de la nocividad de ese monopolio del poder en los sistemas públicos de protección. Es decir, las consecuencias más llamativas de esa unilateralidad (los accidentes laborales) se endosan a los servicios públicos que se pagan entre todos y mayoritariamente por el conjunto asalariado. En el bien entendido que los empresarios recuperan los impuestos (o una parte de ellos) a través de los precios que posteriormente sale de los bolsillos del gran pagano de la historia: los usuarios, cuya inmensa mayoría es el conjunto asalariado. ¿Ideología? ¡Anda ya!


Me arriesgo a establecer una hipótesis: de la misma manera que la huelga general de la Construcción granadina de 1970 (que costó la muerte, por disparos de la policía, de los albañiles Antonio Huertas, Cristóbal Ibáñez y Manuel Sánchez) creó una superior conciencia en la acción democrática del movimiento de los trabajadores, ahora –tras esta huelga general-- generará una nueva preocupación por las condiciones de trabajo en el sector.

miércoles, 13 de junio de 2007

LA HUELGA GENERAL DE LA CONSTRUCCIÓN EN ANDALUCIA (1)



Como es bien sabido, la convocatoria de huelga general del sector de la Construcción en Andalucía ha sido secundada masivamente. Cerca de medio millón de personas han realizado un importante conflicto, convocado por Comisiones Obreras y Ugt. La reivindicación polar de esta convocatoria ha sido la jornada intensiva durante los meses de verano. Es decir, no se estaba planteando una reducción de los tiempos de trabajo sino una reordenación de los mismos durante los meses que el sol achicharra de modo inmisericorde.


La respuesta empresarial a tan sensata propuesta sindical ha sido la siguiente: no se puede aceptar esta petición porque “en todas las provincias andaluzas no hay las mismas condiciones climáticas”. Bien mirado, la respuesta de la patronal no es insensata, pues todos sabemos que allá donde funciona el aire acondicionado las condiciones `climatológicas´ cambian lo suyo. Pero tan chistosa ocurrencia empresarial –ideada posiblemente en la confortabilidad de algún casino de los señoritos-- podría acarrear algunos contratiempos reivindicativos: que se reivindique el aire acondicionado en los andamios.


La propuesta sindical de los trabajadores andaluces es sensata y sabia. Sensata porque se orienta a la humanización del trabajo; sabia porque pretende que el sindicato ejerza un control sobre la reordenación de los horarios de trabajo. Y concretando más: parece establecer la relación entre humanización del trabajo y eficiencia del mismo. Lo que, en principio, conviene a los empresarios y a los trabajadores. ¿Es igual la eficiencia y, si te pones así, la productividad bajo cuarenta y cinco grados que con diez o quince menos en todas las provincias andaluzas, ya sea en Barbate, Lepe, Las Cabezas de San Juan, Antequera, Santa Fe, Linares, Berja o Rute? Naturalmente, me refiero a la temperatura en los andamios, no en los casinos de los señoritos.


La respuesta empresarial tiene una clave histórica: la hostilidad a que el tiempo –de momento, el “tiempo” a secas--se les escape de su control. No están tan lejos aquella verídica historia en la que un empresario apalizó y despidió a un trabajador (fue en Norteamérica) porque llevaba un reloj de bolsillo en su chaquetilla: el artefacto era, según aquel hotentote, algo que interfería su dominio unilateral del tiempo. Y en las condiciones de trabajo, la variable tiempo --hasta tiempos bien recientes-- era sólo y solamente cosa del empresario.


Ahora bien, aunque podemos leer la propuesta sindical en clave de `sentido común´ (lo que no es poca cosa), creo que lo más novedoso es la reordenación del horario de trabajo, de un lado, y la ruptura del atavismo que indicaría que como siempre se ha trabajado de una manera determinada, llueva o haga calor, hay que seguir ese idiotismo de oficio. Ambos elementos explicarían la insensata posición empresarial. Pues, al margen del chascarrillo de casino, lo que late en el fondo es la preocupación por el incremento del poder negocial con unos contenidos novedosos.


Son, ciertamente, unos contenidos novedosos, donde lo menos relevante es el `sentido común´. Pues representan una discontinuidad en la percepción sindical del tiempo y del horario de trabajo. Y diré más, aunque el sentido común indica que, en las calientes tierras del Sur, es donde se justificaría más la propuesta del horario intensivo, nada impide que dicha propuesta pueda ser planteada en todo el sector y en todos los territorios habidos y por haber: desde el cabo de Gata hasta Finisterre y desde Colomers de l’Empordà hasta Bollullos del Condado.


Más todavía, la fuerte indicación que nos viene del sindicalismo andaluz sobre la reorientación de los tiempos de trabajo puede ser muy fructífera si el sindicalismo confederal español cayera en la cuenta de que la gran operación de civilidad democrática que significa la reducción de los tiempos de trabajo, si quiere ser efectiva, debe ir acompañada inexorablemente de la reordenación de los horarios de trabajo. Ambas cuestiones están unidas de manera inescindible, en mi opinión. De esta manera, lo uno (la reducción de los tiempos de trabajo) y lo otro (su adecuada reordenación) aparecen con más fuerza como variables dependientes de la organización del trabajo, que se pretende más humanista y auto realizadora.


Por lo demás, sorprende que el empresariado andaluz de la Construcción no vea con claridad hasta qué punto esta humanización que conlleva la propuesta del sindicalismo puede favorecer una interferencia a los siniestros laborales, a la accidentabilidad del sector que, a pesar de todo, sigue campando sin ningún tipo de respeto.

viernes, 8 de junio de 2007

REORDENACION DE LOS TIEMPOS DE TRABAJO



Habbibi Sánchez, secretario de Fiteqa de Parapanda: joven activista sindical.


Tres noticias parece que nos reproponen actualizar la cuestión de la jornada laboral, aunque yo prefiero utilizar la expresión tiempos de trabajo. Son las siguientes: 1) el 12% de los trabajadores españoles realiza jornadas excesivas, por encima de las 37 horas establecidas de media en los convenios y muy lejos de las 35 horas que proponen los sindicatos, según reza en el reciente informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT); el seminario “Tiempo de trabajo”, dirigido por los profesores Joaquín Aparicio y Jaime Pereiro, que se está celebrando durante estos días; y 3) el acuerdo alcanzado en el Convenio General de la Química, del que más adelante se dará información.


Primero. Se aclara que el informe de la OIT no está hablando del resultado de las negociaciones colectivas sino del tiempo de trabajo efectivamente realizado. En conclusión, el alargamiento de la jornada laboral no es imputable a los contenidos de la negociación colectiva. Pero sí denota el déficit de control sindical allá donde se dilatan los tiempos de trabajo. O, lo que es lo mismo, por la puerta de Anás entra la reducción de la jornada, mientras que por la ventana de Caifás sale una ampliación de la misma, allá donde se opera: con o sin horas extras, naturalmente.


Segundo. De ahí que el profesor Aparicio destacara, en el mencionado seminario, que "estamos experimentando una tendencia regresiva a partir de los años 90, pues hasta diez años antes de esa década, los logros conseguidos con la introducción de técnicas de producción nuevas y con la presión del movimiento sindical, habían conseguido reducir las horas de trabajo, pero ahora asistimos a un alargamiento progresivo del tiempo que los seres humanos dedicamos a trabajar".
Hasta la presente, todas las investigaciones al respecto confirman las palabras de Aparicio. Sin embargo, los
balances de gestión sobre el tema que realizan los sindicatos no mencionan tan significativos datos y se limitan a mencionar –lo que es absolutamente cierto-- la literatura convencional estipulada en la negociación, pero no hablan de la evolución real, esto es, del uso (y abuso) que sobre ello se hace en los centros de trabajo: con o sin horas extras, naturalmente.


Tercero. Trasmitimos lo que uno de los más destacados negociadores del Convenio general de Químicas nos dice sobre el asunto que nos ocupa: No hay reducción de tiempo de trabajo general. Lo que sí hay es un efecto de las nuevas cláusulas de flexibilidad. Lo pactado supone que, primero, las empresas han de utilizar las 100 horas anuales que ya estaban reguladas: preaviso, notificación previa a los interesados y a los representantes, compensación. Y la exigencia de que se situaran "en el calendario de trabajo del trabajador". Ahora se pacta que una vez cubierta esta fórmula --la verdad es que, creo, demasiado rígida y poco utilizada-- las empresas disponen de hasta 12 sábados al año que tendrán obligatoriamente compensación en descanso a razón de 1,5 horas por hora. Es decir que si alguien cubriera plenamente esta flexibilidad tendría 6 días (48 horas) de reducción de jornada anual. Por otra parte se establece que el descanso compensatorio se disfruta de mutuo acuerdo, pero si éste no se produce, el trabajador tiene amplia capacidad para decidir.


Naturalmente, no hace falta decir que las conquistas sociales son reales cuando adquieren fisicidad, esto es, cuando se traducen concretamente en la condición personal del conjunto asalariado. De manera que lo estipulado en la literatura contractual no es ni siquiera una condición necesaria para su aplicación, aunque sin lo convenido negocialmente, se estará en peor situación. De ahí que el sindicalismo deba controlar la concreta aplicación de lo que pacta. Es decir, el sindicalismo como sujeto organizador de sus propias conquistas.


Sin lugar a dudas, el sindicalismo ha acumulado en los últimos tiempos un potente ramillete de logros en los derechos inespecíficos. Aunque, simultáneamente, existe un cierto déficit en el control de lo que, en otras parcelas, está consiguiendo. Ahora bien, téngase en cuenta que no pocos derechos inespecíficos son inseparables del obligado control sindical en materias como, por ejemplo, la reducción de los tiempos de trabajo. Baste decir el vínculo entre la conciliación familiar y la cuantía de la jornada laboral y, más todavía, la ordenación y flexibilidad de los tiempos de trabajo. Así pues, sería conveniente vigilar esos comportamientos estrábicos: por un lado consigo, mientras que por el otro –como Penélope y Sísifo-- me destejen la faena o vuelvo a subir la fatigosa piedra. Hay quienes procuran organizar meticulosamente el necesario control: los químicos y los bancarios están en ello. De ahí que no se entienda debidamente por qué esa práctica no recorre toda la vida sindical. Improviso una primera explicación del por qué: parece existir una relación entre los contenidos reales de la negociación y las formas de control. Cuando una cláusula tiene fisicidad se está en condiciones de ejercer un control por aproximado que sea. En caso contrario, las cláusulas `metafísicas´ sólo podrían ofrecer un abstracto ontologismo que no revierte en ser ni carne ni pescado.


Naturalmente, las cláusulas `físicas´ no necesariamente pueden traducirse en carne y pescado, pero ahí está el sindicato como sujeto que controla y verifica el resultado de lo que ha salido del convenio o pacto. Y, esta es –como se decía más arriba-- la costumbre de los químicos y bancarios. O, en otras palabras, es el control sindical –que transforma la condición necesaria de lo estipulado en condición suficiente para su aplicación-- el determinante. El control sindical, pues, hace que el verbo se haga carne.


Hasta donde yo me sé, la historia sindical de los químicos se distingue por abordar acertadamente la reordenación de los tiempos de trabajo. Que, con relación al trabajo extraordinario, es concebido en clave desmonetarizada: horas extras por un cierto tiempo de descanso, 1,30 horas a cambio. Y, por otra parte, son los químicos quienes procuran sintetizar la relación entre la conquista colectiva y cómo se concreta en cada persona en determinados aspectos. Véase lo que nos dice nuestro comunicante: Es decir que si alguien cubriera plenamente esta flexibilidad tendría 6 días (48 horas) de reducción de jornada anual. Por otra parte se establece que el descanso compensatorio se disfruta de mutuo acuerdo, pero si éste no se produce, el trabajador tiene amplia capacidad para decidir.


Pues bien, he aquí una demostración de lo que significa englobar la tutela colectiva con la defensa de la condición personal de cada trabajador. Que significa el machihembrado de lo universal en lo individual: el sindicato general de las diversidades que, a su vez, es capaz de transformar la visión de la flexibilidad como patología en instrumento negociado que permite formas concretas de auto-realización y auto-determinación de las personas. Hablando en plata: un sindicalismo maduro. Chisssssst: y que, así, está impidiendo la tendencia natural al corporativismo y la acción de las cosas corporativas, pero que esto quede entre nosotros.


Pregunto: ¿por qué se sigue la venerable tradición, que viene de mis tiempos, de no aprender suficientemente de lo que algunos hacen con punto de vista fundamentado? Sugiero que se aprenda de los romanos: aprovecharon todo lo que pudieron de la cultura helenística.

lunes, 4 de junio de 2007

UN HOMENAJE A MARCELINO CAMACHO




Ya se ha informado en este blog de una importante iniciativa que Comissions Obreras de Catalunya y la CGIL la Campania (Nápoles, para entendernos aproximadamente) han organizado para el otoño próximo en torno a la figura del gran sindicalista Giuseppe Di Vittorio. Precisamente para que el público empiece a familiarizarse con este hombre, se puso en marcha el blog Alumnos de di Vittorio que, posiblemente, acabe teniendo el tradicional formato de libro convencional. Buena iniciativa que pretende engarzar con el año Di Vittorio como un elemento más de la conmemoración del Cincuenta Aniversario de la muerte de nuestro amigo italiano. Importa resaltar que Catalunya coprotagonice con la Campania la organización y desarrollo de este homenaje a la figura de Giuseppe Di Vittorio.


Pues bien, en base a lo anterior y, especialmente, por todo lo que se ha escrito –y se seguirá escribiendo-- sobre la memoria histórica, la pregunta es: ¿cuándo la dirección confederal pondrá en marcha un homenaje del mundo del trabajo a Marcelino Camacho? En todo caso, retiro la propuesta si es que en las altas esferas sindicales de la CS. de CC.OO. de España hay algo en marcha.


Es ocioso argumentar esta propuesta. Porque lo cierto es que no se entiende la historia de la acción colectiva del movimiento de los trabajadores y del sindicalismo español sin Marcelino Camacho. Y, por lo demás, no se entendería la importantísima labor de Comisiones sin la obra de Marcelino. Tres cuartos de lo mismo acostumbran a decir los amigos italianos acerca de Di Vittorio.


Cojamos el toro por los cuernos: es posible que nadie haya caído en la cuenta de recuperar la figura de Marcelino debido a las últimas posiciones que este dirigente tuvo que, ciertamente, no sólo no fueron afortunadas sino gratuitamente agresivas contra el grupo dirigente confederal. Pero eso no invalida, de ninguna de las maneras, la muy relevante obra de Marcelino al frente del sindicato. Más todavía, la praxis camachiana como defensor de las libertades democráticas y de los derechos sociales del universo del trabajo.


Y si grande fue su obra, mayor fue el prestigio y, sobre todo, el afecto que concitaba su persona entre todo el mundo. Cuando Marcelino iba por las calles de Barcelona (o de otro lugar), era saludado, tocado y celebrado por los transeúntes. Ese afecto no lo ha tenido ninguna figura de la política española en los últimos cincuenta años. Podrá haber políticos respetados, pero respetados y queridos yo no los he conocido, al menos con la fuerza que se tuvo con Marcelino Camacho.


No estoy planteando cubrir un expediente administrativo o un revival. Hablo de un deber hacia uno de los padres nobles de la izquierda española.