lunes, 29 de octubre de 2007

LOS GRUPUSCULOS CONTRA EL SINDICALISMO


La bailarina Rosita Mauri: Reus 1849 - Paris, 1923


Recuerdo a los amigos, conocidos y saludados que hace unas semanas los sindicatos italianos convocaron a los trabajadores a un amplio proceso de asambleas para debatir el preacuerdo que alcanzaron con el gobierno en materia de pensiones; un proceso amplio, pues se realizaron más de cincuenta mil asambleas, dentro y fuera de los centros de trabajo, que conduciría a la realización de un referéndum: votaron en dicha consulta más de cinco millones de trabajadores. Se recuerda que el ochenta por ciento de los participantes dió su apoyo al sindicalismo confederal.


Esto ya lo comunicó este blog al día siguiente de la consulta. Pero resulta que...


Resulta que... en pleno proceso de las votaciones algunos empezaron a deslegitimar el instrumento de la consulta, apuntando directamente a la deslegitimación del sujeto convocante. Se trata de partidos políticos que, por la gracia del pueblo soberano, tienen una reducidísima representación electoral, aunque hablan en nombre de la classe operaia, a pesar de que no conste que ésta les apoye. Así pues, dado que –de manera un tanto descarada— el conjunto asalariado no se siente confortado por el `cuerpo mísitico´, que encarnan tales partidos obreros, éstos apuntan sus arcabuces contra las organizaciones sindicales. Naturalmente, el `cuerpo místico´ legitima el voto contrario, el del no –se supone que es el único considerado `de clase´-- frente al ochenta por ciento que, indirectamente, es calificado como borreguil. Algunos egregios exponentes místicos plantean desparpajadamente que dimita el secretario general de la Confederazione generale italiana del lavoro, Gugliemo Epifani. En resumidas cuentas, a pesar del pronunciamiento masivo de los trabajadores ahora se procede a un vulgar revisionismo de los acontecimientos y a un proceso de ataque grupuscular contra las centrales sindicales italianas.


La hilaridad está alcanzando cotas esperpénticas hasta tal punto que podría pensarse que don Ramón Maria del Valle-Inclán está alcanzando una notable (aunque retrasada) influencia en esos menguados partidos de la izquierda italiana. Porque esperpento valleinclanesco es afirmar que la contestación de los que han votado en contra es un motivo de gran preocupación para el sindicalismo confederal, pero no se alude a que la Federación metalúrgica (su dirección era contraria al planteamiento de las confederaciones) ha ganado, aunque con más de un cuarenta y cinco por ciento que no le era favorable. Así pues, ¿no tiene nada que interrogarse la Federación metalúrgica que ha ganado por los pelos? ¿no tienen nada que interrogarse los partidos minúsculos que de manera tan esforzada como militante (y estaban en su derecho) reclamaban un voto negativo que no se ha producido? Cierto, la mejor defensa es el ataque, como dejaron escrito en tiempos antiguos los técnicos del Alcoyano FC: un afamado equipo que, perdiendo por siete a cero, exigía prórroga. Así hacen los dirigentes del partido comunista de italia y de Refondazione comunista: piden la prórroga y, además, exigen la dimisión del entrenador del equipo contrario.


En el fondo y en la forma nos encontramos ante una grotesca impugnación de las formas democrático-participativas del sindicalismo confederal y de su naturaleza más inequívoca, la independencia y la autonomía. Más todavía, nos encontramos ante la enésima autolegitimación del partido que, no sólo reincide en los viejos harapos de la primacía de lo político, sino que –cuando es abrumadoramente contestado-- arremete violentamente contra el sindicalismo y, por extensión, contra esa manada de borregos que le sigue. Me juego lo que sea que estos menguados partidos se pasan por la cruz de los pantalones lo que dijo el Barbudo de Tréveris en su polémica contra los lassalleanos, muy dados a considerar a los sindicatos como unos mandaos.


Estrafalaria la postura del `cuerpo mísitico´ y, además, tan falsa como los viejos duros sevillanos. Quienes siempre reclamaron el voto a mano alzada, ahora reivindican –lo ha escrito cierta dama de la izquierda— que “si se usa la palabra referéndum, hay que poner reglas, instrumentos, controles y tiempos”. Y tiene razón, pero...


Pero es el caso que han existido reglas, se ha puesto los debidos instrumentos, se ha dado los consabidos controles y los tiempos han sido más que generosos. De te fabula narratur Rossanda. ¿Dónde está, pues, el problema?


El problema es que históricamente el partido (así, en genérico) siempre consideró al sindicalismo como una hijuela que naturalmente debía estar a su servicio: una concepción que hunde sus raíces en la socialdemocracia tradicional y se extendió a las más variadas familias que se reclamaban del ¡`movimiento obrero´. Una concepción, ya se ha dicho, que tradujo a la práctica Lasalle. Cuando el sindicalismo fue elaborando su propia biografía sin interferencias –ya fueran místicas o ascéticas-- el partido decidió excomulgar o relaltivizar, enervar o aguar toda expresión que autónomamente saliera del sindicalismo. Esta es la práctica de los viejos lassalleanos que ahora le ponen su exigua proa al sindicalismo confederal italiano.

martes, 23 de octubre de 2007

MARCELINO CAMACHO Y GIUSEPPE DI VITTORIO: dos vidas (casi) paralelas (1)


Foto propiedad del Arxiu Històric de CC.OO. de Catalunya. Se agradece el préstamo. Le debo una, doctor Tébar.



El día 19 de noviembre se celebrará un seminario en Barcelona celebrando el cincuentenario de la muerte del gran sindicalista Giuseppe Di Vittorio. Me han pedido que haga una ponencia. Este es el borrador de la misma; la iré corrigiendo según me venga la inspiración.



No me consta que la generación fundadora de Comisiones Obreras tuviera conocimiento, directo o indirecto, de Giuseppe Di Vittorio. Ni siquiera nuestro Marcelino Camacho que siempre se autorretrató como `el más viejo del lugar´ estaba convenientemente al tanto de las propuestas del gran sindicalista italiano del que, dicho sea de paso, tenía un aire en su manera de ser y su relación con la gente. Sin embargo, podemos decir que no pocas cosas que plantea Di Vittorio, a lo largo de su fecunda vida, guardan una estrecha relación con la biografía de Comisiones Obreras. En ese sentido, los parecidos más visibles de esas (casi) vidas paralelas son, en mi opinión, las siguientes: 1) la independencia del sindicalismo, 2) su vocación unitaria, 3) la intervención en los asuntos generales del país, y 4) la forma-sindicato.


1. La independencia del sindicato


Conviene precisar los términos para evitar cualquier equívoco: el léxico que nosotros siempre utilizamos fue y es la `independencia sindical´, mientras que los italianos siempre usaron la expresión `autonomía sindical´(1) Por lo tanto, cuando un servidor hable de independencia está diciendo tres cuartos de lo mismo que la divittoriana expresión de autonomía. Nosotros, al igual que el sindicalista italiano, entendíamos que ser un sujeto independiente quería decir lo que sigue: a) que es él y sólo él quien elabora su proyecto contractual, b) quien decide las formas y el momento del ejercicio del conflicto, c) quien diseña sus prácticas organizativas y elige sus representantes, y d) quien mediante sus propios mecanismos se procura los medios financieros para la sostenibilidad de su funcionamiento. O lo que es lo mismo, quien pone en marcha la `fatiga de su proyecto´, por utilizar una expresión tan querida al inolvidable maestro Bruno Trentin.


Hablo enfáticamente: es el sujeto sindical --él y sólo él actúa-- quien actúa de esa manera. Lo que no quiere decir que estemos ante una cultura solipsista, introvertida, ensimismada. Lo que tampoco indica que sea un sujeto indiferente. Nuestras vidas (casi) paralelas –Di Vittorio y nosotros, españoles-- entendían que el sindicalismo es independiente de todos los poderes económicos, de todos los poderes del Estado y de todos los partidos políticos, incluidos los obreros. Es más, al igual que Di Vittorio dejó sentado en el Congreso de Viena de la Federación sindical mundial, nosotros afirmamos (en la famosa asamblea de Orcasitas, en abril de 1967) que estábamos hablando de una independencia que se refería a cualquier situación en el mundo, esto es, en no importa qué caracterización social del Estado.


Tengo la impresión de que esta manera de entender las cosas tenía una matriz: Comisiones Obreras –estoy hablando de sus primeros movimientos, que es cuando se elabora lo ya dicho— se caracteriza por ser un sujeto interno en el centro de trabajo. Es decir, no es un agente exterior ni un mediopensionista del colegio. Tampoco es un sindicalismo para los trabajadores sino de los trabajadores. Y si es un sujeto del interior del centro de trabajo es quien gestiona el vínculo social que recorre al conjunto asalariado de dicho centro de trabajo: un vínculo unitario en sus diversidades. En resumidas cuentas, la sofisticada elaboración que relata la Asamblea de Orcasitas es substancialmente la consecuencia de que aquello de quien se habla es un sujeto interno del centro de trabajo.


Ahora bien, los prolongados gestos de Di Vittorio en defensa de la autonomía sindical (y, según nosotros, independencia) de la Cgil que finalmente conducen al abandono (al menos teórico) de la `correa de transmisión´ del partido al sindicato nos vienen de perlas a nosotros, Comisiones Obreras. Estoy seguro que la dirección del partido comunista italiano hablaría con sus compañeros españoles y les pondrían al tanto. Y, picardías aparte, hasta es posible que les dijeran la manera de seguir funcionando como si no hubiera cambiado la cosa. En todo caso, de manera indirecta Giuseppe Di Vittorio nos quitó -- repito: en teoría— un problema o una parte del problema.


De todas formas, también es cierto que el partido nunca estuvo cómodo con la exhibición de Comisiones en torno a su independencia. Recuerdo perfectamente que en la primera conferencia, llamada obrera, del PSUC en los documentos propuestos figuraba una formulación programática un tanto curiosa: el sindicato es un sujeto independiente de los poderes económicos y autónomo de los partidos políticos. Como no se trataba de una errata, estaba claro que el redactor intentaba relativizar lo que, en aquellos tiempos, se llamaba las relaciones entre el partido y el sindicato. Es decir, el ponente de tan curiosa formulación pretendía que el sindicato fuera un próxeno del partido en la cuestión social. Debo aclarar que, no obstante, la discusión obligó a retirar la `perla´ y volver a la formulación tradicional de Comisiones Obreras.


Así pues, tengo para mí que nosotros tenemos una especial deuda con Giuseppe Di Vittorio. Desde luego, había que ser extremadamente consciente y riguroso para dar la batalla no sólo a dirigentes políticos tan importantes como Togliatti y Amendola sino a toda una tradición leninista, hegemónica en la tradición comunista de entonces. Y según parece de ahora también, vistas las asperezas de la Cgil con algunos grupos políticos ayer y ahora mismo.


2.— Nuestra vocación unitaria


El sujeto interno del centro de trabajo que apadrina la independencia sindical es, precisamente por ello, un elemento que construye la unidad social de masas, como expresión del vínculo social, unitario en sus diversidades, y, a partir de ahí, está en mejores condiciones para proponerse la unidad sindical orgánica. Cierto, no hay una relación inequívoca entre ser sujeto interno y la unidad sindical orgánica. Pero sí la favorece y sí está en las mejores condiciones para establecer unos grados de unidad de acción sostenible.


Debo repetir que nosotros no conocíamos la vida y milagros de Di Vittorio. Pero también en estos asuntos teníamos algo así como una especie de telepatía con el amigo italiano. Y aún diré más: en Catalunya la telepatía tuvo una mayor densidad. El gran padre de Comisiones Obreras de Catalunya, mi maestro Cipriano García, siempre ponía un gran énfasis en la unidad social de masas y su necesaria vinculación con el proyecto de libertad sindical y la unidad sindical orgánica.






Naturalmente partía del papel de los representantes de los trabajadores que mayoritariamente habíamos hecho entrismo en la Central Nacional Sindicalista, el sindicato-policía-capataz del franquismo. Si bien la utilización de los instrumentos y posibilidades legales, bajo el franquismo, era algo asumido por todas las Comisiones Obreras en España, es rigurosamente incontestable que las experiencias más plenas y fecundas se dieron aquí y en Andalucía.


En resumidas cuentas, estábamos haciendo casi lo mismo que Di Vittorio planteó en el Congreso de Lyón (Pci) por las mismas fechas en que un sindicalista catalán anarcosindicalista, Joan Peiró, planteara en tiempos de la dictadura del general Primo de Rivera.


3.— El sindicato interviene en todos los problemas de los trabajadores


Una de las caracterizaciones más llamativas de Comisiones Obreras fue su autodefinición como `sindicato sociopolítico´. Una formulación que nunca se dio así misma la Cgil, ni me consta, salvo error u omisión, en Di Vittorio. Aunque nos parecía claro que era todo un hallazgo (y, ciertamente, lo fue) también nos ocasionó, andando el tiempo, no pocos problemas, no pocas derivas extravagantes y disparates pansindicalistas. En todo caso, lo que se quería afirmar era que Comisiones Obreras debía tomar posición –y organizar el conflicto— en torno a todos los problemas que afectaban a la condición asalariada en cualquier esfera socioeconómica y sociopolítica.


Entiendo que el carácter sociopolítico era otra consecuencia del carácter explícito de la independencia sindical. Y en el fondo una cierta discontinuidad de la tradicional concepción de la II y III Internacional que dictaba: 1) la supremacía jerárquica del partido hacia el sindicato, y 2) la separación de roles entre el primero y el segundo. El partido, dicho desparpajadamente, era el capataz; el sindicato, se transformaba en un mandao. Digo que fue una novedad, aunque a decir verdad nunca planteamos explícitamente que no se admitía la primacía del partido ni tampoco que rechazábamos la división de competencias. Nos limitamos a intervenir en la práctica como iguales. Tal vez porque en plena dictadura la capacidad de abierta acción colectiva nos venía mejor a nosotros que al partido o, quizá, fuera una intuición camachiana. El caso es que, fuera como fuese, lo que fue seña de identidad primigenia prendió y en cierta medida abrió los postigos de la intervención sindical en una gran cantidad de problemas y situaciones. Lo paradójico del caso es que el partido político fue retirándose de la cuestión social hasta convertirse en un sujeto extrañado de la misma.


He dicho que no consta que Marcelino Camacho conociera incluso los momentos más estelares de Di Vittorio. Pero, como he dicho antes, la telepatía hacía ciertos milagros. Y al igual que el amigo italiano formulara el Piano del lavoro, para la reconstrucción de su país tras la guerra, Marcelino Camacho – recién salidos de la dictadura franquista-- propone, salvando todas las distancias, un cosa similar: el Plan de solidaridad contra el paro. Por las razones que fuere, Marcelino no tuvo los sinsabores del sindicalista de Cerignola, enfrentado a la dirección de su partido. Ni en público, ni que yo sepa, en privado Santiago Carrillo dijo nada que descalificara la propuesta camachiana.


En todo caso, esa formulación de sindicato sociopolítico tiene más vínculos con el posterior comportamiento de la primera parte de la biografía de Solidarnösc que con la acción general de la CGIL.


4.-- Algunos rasgos comunes de la forma-sindicato


Me atrevería a decir que el hilo conductor telepático que va de Di Vittorio a Comisiones Obreras es el carácter participativo del sindicato. En ocasiones he utilizado la expresión de democracia próxima, vecina. O, lo que es lo mismo, la asamblea instituida como elemento de legitimación de ese movimiento sindical de los trabajadores. Se diría que es la asamblea y los hechos participativos la fuente nutriente de la independencia sindical. Y, como remache, la no aceptación de nadie como sujeto que ostenta la supremacía.


Ahora puede parecer banal, pero en tiempos no tan antiguos el sindicalismo tradicional (o algunas expresiones del sindicalismo tradicional) no contaban con los desempleados como personas a encuadrar sindicalmente. Di Vittorio y nosotros pensábamos justamente lo contrario. ¿Cómo no iban a pertenecer a la familia los sujetos más débiles, los menos protegidos y más desamparados?


Ahora bien, si se me permite la impertinencia –tanto por los amigos italianos como los catalanes-- diré que no acierto a entender las razones que motivan el mantenimiento de la misma forma orgánica (me refiero a las formas de representación) del sindicato: la que telepáticamente idearon en su día tanto Di Vittorio como Marcelino Camacho. Con lo que ha llovido, con lo que sigue lloviendo...


Si convenimos que nos encontramos en un nuevo paradigma, totalmente distinto del que vivieron Di Vittorio y Marcelino, ¿cuál es la razón para que no surjan nuevas emergencias en la forma-sindicato, en la representación, en las estructuras? Dejo la pregunta en el aire cuando la tarde languidece y renacen las sombras y estoy moliendo café...


___________


(1) Al único sindicalista italiano a quien le oí hablar de `independencia´ (sólo al final de su vida) fue a mi amigo Claudio Sabattini, que fue dirigente de la Federación metalúrgica de la Cgil.

domingo, 14 de octubre de 2007

AIRES SINDICALES DE RENOVACION



En una reciente entrada BALANCE DEL REFERENDUM SINDICAL se hablaba de la importante consulta refrendataria que convocó el sindicalismo italiano para conocer la opinión de los trabajadores sobre el pre-acuerdo alcanzado en el mes de julio pasado con el gobierno Prodi. Pues bien, ahí están los datos. Y, como es natural, tan robusta experiencia la ponemos en conocimiento de propios y extraños.


Las asambleas que se han realizado en todos los sectores han superado la cifra de cincuenta mil. Los datos definitivos son: han participado 5.115.000; los votos válidos han sido: 5.041.810. Favorables al acuerdo: 4.114.939; contrarios: 962.871; en blanco o nulos: 73.244.


Concretando: un poco más del 81 por ciento de los trabajadores italianos han dado el apoyo explícito a los planteamientos del sindicalismo italiano. Francamente, la lección que han dado (casi) todos ha sido impresionante. En primer lugar, los elevados índices de participación tanto en la consulta como en las asambleas deliberativas (más de cincuenta mil en toda Italia). En segundo lugar, el consenso robusto de los trabajadores con la dirección sindical. Y, finalmente, la aportación que todo ello podría dar a la vida democrática europea. Quienes hablen de renovación de los contenidos democráticos hará bien de tomar nota de esta gran experiencia concreta, de esta cosa que ha sucedido realmente en estos nuestros tiempos. O, lo que es lo mismo: no se trata de una gesta sindical de los tiempos de Salvador Seguí, Giuseppe Di Vittorio y otros grandes padres del sindicalismo. Esto ha pasado hoy, concretamente la semana pasada. Así pues, los trabajadores de hoy tienen, al igual que sus mayores, un punto de referencia, hecho por ellos mismos, para seguir con el relato. Para continuar razonando el relato. Esta me parece la lección más importante del sindicalismo italiano. Lo digo porque es algo complicado saberse contemporáneo de acontecimientos importantes, de ser coprotagonista de acontecimientos importantes. Por lo general, hay una tendencia un tanto entrópica que se manifiesta en casi todos los terrenos: antes, antes, antes sí que iban bien las cosas. Cuando se empieza a pensar de esa manera es que la sesera empieza a estar un tanto desamueblada. Es más, diría que ese entropismo podría reflejar una indirecta (desde luego, no querida) desautorización de los padres de ayer, a los que conciben como mito. Una desautorización en el sentido siguiente: oblícuamente se les está diciendo que no supieron mantener la cadena del relato. Pero, en fin, esto son suposiciones sin ningún valor argumentativo. Aquí lo que vale es esta experiencia que ahí está, ahí está viendo pasar el tiempo como la Alhambra de Graná.


Mis saludos, pues, a Gianni Bombaci, poeta sículo-lombardo, que ha sido interventor en las mesas del referéndum en Milán. Gran sindicalista. Por todo ello, se traslada la siguiente información que me ha llegado esta noche: Gianni Bombaci ha sido declarado Hijo Predilecto de la ciudad de Parapanda. Esta ha sido la decisión unánime del excelentísimo ayuntamiento de esta ciudad. La firma su alcalde, Rafael Rodríguez Alconchel.

miércoles, 10 de octubre de 2007

EL SALARIO MINIMO SEGUN SOLBES. EL EVANGELIO SALARIAL SEGUN CALDERA


Giuseppe Verdi nació en Roncole en el día de hoy, en 1813. A su salud, maestro.



La situación se repite: lo que Caldera ofrece con la mano izquierda, no lo sabe la mano derecha de Solbes. El Ministro Caldera dice (y dice bien) que son insuficientes los 600 euros mensuales como salario mínimo, previstos para el fin de esta legislatura; a tal fin, informa que en 2012 se situará en 800 euros, argumentando que así reza en el programa electoral de su partido. El Ministro Solbes precisa que antes «hay que hacer los números, ver si hay margen de maniobra y si el incremento es compatible con la situación económica». Que, traducido al vulgar, viene a decir: naranjas de la China.


¿Se trata de dos lógicas diversas, la de un ministro `social´ y la de una cartera `económica´o es la reedición de un nuevo embrollo interministerial? Podría ser que se trata de lo uno y de lo otro. Que Caldera tiene más sensibilidad social, es cosa sabida. Que Solbes piensa de manera diversamente matizada, también es conocido. Pero ambas cuestiones no deberían llevar necesariamente a este embrollo. Cosa diferente hubiera sido que ambos ministros hayan hablado en un foro de debates y, allí cada cual de manera personal, expusiera su pensamiento. Pero Caldera y Solbes han hablado en tanto que ministros. El resultado de estos (repetidos) desencuentros puede llevar a un descrédito de todo el gabinete. Y especialmente del presidente Zapatero, del que podría pensarse que con la mano izquierda azuza a Caldera, sabiendo que la diestra de Solbes frenará las bridas de la jaca cartujana cuando pasa por el Puerto, caminito de Jerez. Mal asunto esta pipirrana electoral.


Lo peor, por otra parte, es la ausencia de certidumbre relativa (absoluta nunca la hay) para el universo de las relaciones sindicales y empresariales, especialmente para el punto de referencia que éstos puedan establecer con la política económica y social del gobierno Zapatero. Lo peor, digo, es la indeterminación que proviene de esta logomaquia ministerial. Me imagino la hilaridad del Partido popular ante esta zahúrda interministerial. Así pues, la pugna Caldera – Solbes no es un abstracto ejercicio de política económica académica, sino algo que incide en la condición de vida de la gente.


Y, con toda seguridad, las preocupaciones de los sindicalistas que, así las cosas, no sabiendo con qué carta quedarse, sólo les quedaría el ejercicio del conflicto social. Porque, como es sabido, el salario mínimo no es un indicador genérico, es un vínculo en no pocos convenios colectivos con determinadas retribuciones; tres cuartos de lo mismo podríamos decir sobre el nexo entre el salario mínimo y los incrementos de las pensiones.


Al Gobierno Zapatero puede perderle la desparpajada diversidad de la que hacen gala sus ministros. Y sólo faltaría que, gracias a este certamen de facundia, el Partido popular –acorralado en tantos frentes de los que ahora quiere olvidarse, y hace bien en tales olvidos-- levantara la cabeza y en la próxima primavera sacar más pecho de lo conveniente. Ahora bien, una cosa parece inquietante: el sastre Zapatero no amalgama debidamente los retales de Caldera y de Solbes. Porque aquí no estamos discutiendo otra cosa que la necesidad de una aproximada coherencia en la política del gobierno. Por supuesto, entre la propuesta de Caldera y los lógicos refunfuños de don Pedro, nos quedamos con el primero. Lo peor es que nos quedemos sin los dos.

miércoles, 3 de octubre de 2007

SEGUNDA PARTE SOBRE IZQUIERDA UNIDA Y FAUSTO BERTINOTTI

Pietro Ingrao. Maestro, ¿por qué no habla usted con esos muchachos de IU? Dígales algo.




Es claro que mi desesperada propuesta de que Fausto Bertinotti `intervenga´ en la situación interna de Izquierda Unida es simplemente eso: desesperada. De ahí que deje al descubierto toda una serie de flancos no irrelevantes. Como también es `desesperado´ el planteamiento de mi sobrino Despertaferro que pide algo así como que un grupo de personalidades haga un llamamiento a todos los sectores litigantes de IU para que entren en buenas razones. Me imagino que está pensando en gentes como José Saramago, Vicenç Navarro, Antonio Baylos, Juan Moreno et alia. Nada que objetar, siempre que sea posible. Que los llamados no hagan caso, podría ser. Pero nadie que esté preocupado por lo que pueda pasar en IU debería silenciar su voz y su palabra. Como un deber y en ejercicio de un derecho. Lo más ineficaz sería callar e, incluso, pensar que las `propuestas desesperadas´ pueden ser inútiles.


En todo caso, voces convenientemente informadas me dicen algo que parece ser una verdad como un templo. El epicentro del problema no está exactamente en IU sino en el PCE. Y, a decir verdad, creo que el partido comunista se encuentra de la siguiente manera: comoquiera que, para bien o para mal, transfirió todos los poderes a la coalición de IU parece que se preguntan “¿exactamente qué somos y para qué servimos?”. Es decir, se trata de la lógica interrogante de una organización que está plenamente sumergida y no tiene visibilidad alguna en el cuadro político e institucional realmente existente. De donde podemos sacar una primera conclusión: la decisión que, en su día tomaron los comunistas españoles de trasladar todos los poderes a la coalición recién creada (IU) se ha convertido también en una fuente de problemas. No importa ahora afirmar que, desde mi punto de vista, dicha decisión fuera coherente con el proyecto de fundar una nueva organización que, por lo demás, decía tener la voluntad de incorporar una serie de organizaciones políticas y sociales a un proyecto compartido. De manera que el planteamiento del PCE no era de generosidad cuando hablaba de la plena decisión política en la sede de IU, era sobre todo de lógica: no se puede llamar a tales o cuales colectivos a coparticipar y, simultáneamente, mantener la cultura tercero-internacionalista de los comisarios políticos. Ahora bien, la mencionada decisión –coherente y lógica— acabó creando un retruécano político: el envío del PCE a las catacumbas. Así las cosas, no quedaba otra alternativa que la disolución del PCE. Lo que no se hizo. La situación era, pues, que los comunistas mantenían el partido, pero éste no existía realmente en el tablero político e institucional. Este panorama real –y no la poca o mucha capacidad o incapacidad de los dirigentes del PCE-- es la madre del cordero. Y de paso estimo que los saberes del grupo dirigente del PCE son algo subjetivo: para sus parciales, su secretario general será indudablemente el no va más; para otros, la opinión será asaz diferente.


Ocurre, por otra parte, que –además de hacer política submergida— los dirigentes del PCE no han puesto en marcha una profunda puesta al día de su cultura. Es el caso contrario de Rifondazione Comunista (Fausto Bertinotti) que, se esté de acuerdo o no con él, es una persona que ha provocado importantes discontinuidades con relación al partido: un partido que, debe recordarse, él no fundó; fue obra de Armando Cossuta y Sergio Garavini. Como muestra de las potentes diferencias entre Rifondazione y el PCE, échese un vistazo a dos publicaciones: Alternative, el primero; Nuestra bandera, el segundo. Entiendo que la diferencia es la siguiente: la política de Rifondazione analiza las situaciones realmente existentes y propone lo que idealmente elaboran; el PCE cree analizar una realidad que sólo está en las cabezas de los analizantes, de donde se desprende que las propuestas sólo tiene que ver con abstracciones. La segunda diferencia entre Rifondazione y el PCE es que los primeros intervienen directamente, sin intermediarios, en la política y en el cuadro institucional; el PCE está, como ha quedado dicho, submergido. Pero esa situación de catacumbas es el resultado de una opción voluntariamente asumida. Recuérdese, sobre todo, que tal acto voluntario se debió también a que el PCE había entrado en barrena y, tras la lectura de los partes meteorológicos, encargó a Noé que construyera el arca para aguantar el diluvio que se veía venir. IU, el arca, sobrevivió, aunque a trancas y barrancas. Y quien sobrevive puede, si se gobierna adecuadamente el timón, hipotéticamente crecer; si el timón se desnorta acabas en los bajíos y te estrellas.


Así pues, si mis comunicantes me dice que los problemas no están exactamente en IU sino en el PCE, la situación parece ser irresoluble. Especialmente porque nos encontramos ante un partido desubicado de las grandes novedades del mundo contemporáneo. Sólo desde una vasta operación político-cultural más o menos similar a la realizada por Bertinotti podría regenerar, en teoría, al partido comunista, y a partir de ahí convertir el chinchorro de IU en una posterior Arca de Noé.


Aclaro que yo no me apuntaría a eso. Y, a tal efecto, me permito contar una anécdota. Cuando en el Paraninfo de la Universidad de Barcelona rendíamos sentido tributo al inolvicable maestro Manuel Vázquez Montalbán, le dice a Llamazares: “Has llegado demasiado tarde a IU”. Uno de los acompañantes de Gaspar me dice: “¿Entonces, vuelves a nosotros?”. No, le dije, me limito a constatar que este compañero ha llegado demasiado tarde. Pero que yo no me apunte a lo que desesperadamente planteo como solución al problema, es totalmente irrelevante. Lo que tiene interés es que: 1) se dé con la tecla de cómo resolver urgentemente la complicada situación de IU, y 2) que esa tecla establezca la necesaria relación con un proyecto de sostenibilidad política de IU.

ANDRE GORZ HA MUERTO HACE UNOS DIAS




Hace pocos días murió André Gorz en Vosno casi a la vera de París. De hecho poca resonancia (más bien ninguna) ha tenido en España la desaparición de este importante filósofo. Tampoco en la literatura blogística ha concitado comentario alguno. Me excuso si alguien lo ha hecho.


André Gorz se llamaba realmente Gerad Horst; nació en Viena en 1923, hijo de un comerciante judío y de una señora católica. La madre le envía a Lausana en el 39 a un instituto católico para evitar que su hijo fuera reclutado; en el 45 se licencia en ingeniería química y empieza a interesarse por la obra de Jean Paul Sartre. Años más tarde se traslada a París y se dedica al periodismo: Servan Schreiber le contrata como periodista para temas económicos en L’ Express.


El joven Gorz empieza a crear un pensamiento original y pone en el centro de su reflexión la autonomía del individuo como condición sine qua non de la transformación de la sociedad en un sentido anticapitalista, influenciando y siendo influenciado por su amigo Herbert Marcuse. Son los tiempos en que –antiinstitucional, antiestructural y antiautoritario— se convierte en el director de la revista Les Temps Modernes. Son los tiempos en que establece fecundas relaciones con sindicalistas italianos como Vittorio Foa, Bruno Trentin y Sergio Garavini.


En 1964 publica “Estrategia obrera y neocapitalismo”, una obra que dirige al movimiento sindical con una crítica severa del modelo de desarrollo capitalista. Es ese mismo año cuando rompe con L’Espress y junto a otras personalidades (Jean Daniel y K.S. Karol, entre otros) funda Le Nouvelle Observateur: ¡palabras mayores! n’ est pas? Más adelante romperá con Sartre, y se va perfilando un distanciamiento de sus anteriores posiciones (incluido el marxismo), que parece ser definitivo cuando publica su ensayo “Ecología y Libertad”, considerado como texto fundador de la ecología política. Aquí desarrolla sus ideas contra el economicismo y el utilitarismo, contra el productivismo y la lógica capitalista de la acumulación de las materias primas. En 1980 arma la de dios es cristo con su libro “Adiós al proletariado”: una crítica radical al marxismo y a las organizaciones tradicionales de la izquierda. La CDTF, el sindicato francés donde Gorz militaba, le pone como un pingo y exactamente “le repudia”. En fin, gajes del oficio. Bruno Trentin siempre le mantuvo la amistad y la consideración debida a un intelectual original, insobornable. Punto y aparte.


André Gorz no concitaba las simpatías de los dirigentes comunistas españoles y catalanes de la década de los sesenta. No me consta que le hubieran leído, posiblemente la tirria que le tenían sería gracias a la influencia francesa, quiero decir del Partido comunista francés. Era ese tipo de ojeriza que siempre tuvieron los dirigentes comunistas a este tipo de intelectuales que no se casaban ni con la ortodoxia comunista, socialdemócrata ni, por supuesto, con el capitalismo. Salvando las distancias, una cosa parecida a Karl Polanyi. Cierto, no se tuvo la desfachatez de decir, ni insinuar que Gorz era un agente del imperialismo: era, según aquellos cánones, un majareta o algo por el estilo.


Los sindicalistas de mi generación, en aquellos años mozos, estuvimos influenciados por ese calificativo de intelectual majareta, izquierdoso y montapollos. No supimos ver que era un reformista radical. Así pues, también yo leí sus libros con prevención y a la defensiva, con ese acecho que se guarda a quien no es de los nuestros. Peor aún, de quien no se sabe con quién está. Eso perdimos. Y para colmo, nosotros también repartimos ojeriza contra Gorz porque los izquierdosos españoles aplaudían a rabiar al maestro francés. Eso sí, para justificar en plena dictadura que comisiones obreras tenía que ser algo así como un soviet. Estos tampoco estuvieron muy finos que digamos. En resumidas cuentas, este fue nuestro vulnus (su traducción inteligible sería puñalada trapera), el de los izquierdosos y el de los reformistas del sindicato, con André Gorz. Como acto de penitencia (y algo más), se propone leer a los filósofos de la izquierda que no ha vencido; a lo mejor nos quitamos más de una telaraña de la entrepierna.

lunes, 1 de octubre de 2007

¿SE PUEDE SALVAR DEL NAUFRAGIO EL DERECHO DEL TRABAJO?



No lo afirmo, símplemente pregunto: ¿es Carlos Vallejo el dueño de este pícaro tenderete? Demando aclaración al respecto. Porque la ubicación es en la Plaça dels Bous de Hostalric. Por si la foto no aparece clara, observe el visitante que dice el cartelillo: "Perfumes recién robados a 5 euros".


¿SE PUEDE SALVAR DEL NAUFRAGIO EL DERECHO DEL TRABAJO?


En la entrada anterior la baylobullosfera (ANTONIO BAYLOS y este mismo blog) ha publicado conjuntamente un importantísimo discurso de Umberto Romagnoli. A continuación, me propongo enhebrar unas primeras reflexiones en torno al alegato del maestro.


Debemos agradecer a Umberto Romagnoli su actitud tesonera y rigurosamente fundamentada de alertarnos –desde hace ya no sé cuantos años— sobre la situación del Derecho del trabajo: en sus palabras es el derecho más eurocéntrico del siglo XX. Hace tiempo el maestro boloñés nos dijo: el derecho del trabajo está en el congelador; ahora, el grito suena más preocupante cuando plantea la necesidad de que el padre Noé le preste su arca al Derecho del trabajo.


Aunque sólo fuera por la personalidad de Romagnoli --por su inequívoca dedicación, desde hace más de cincuenta años, a los problemas del movimiento de los trabajadores-- hubiera sido conveniente que, al menos, el sindicalismo reflexionara al respecto sobre el actual estado de la cuestión de esta disciplina jurídica. Especialmente porque el derecho del trabajo es también una conquista del movimiento de los trabajadores y del sindicalismo europeo. De ahí que, no es por casualidad, que –dicho con un poco de pimienta— la más famosa pareja de hecho que ha existido en la izquierda del siglo pasado la conformaran el derecho del trabajo y el sindicalismo. En todo caso, es conocido que la mencionada pareja nunca durmió en el mismo colchón por lo que sus relaciones fueron de absurda castidad. Cierto, es preciso hacer una corrección de carácter historicista: la irrupción del nuevo movimiento obrero español a principios de la década de los sesenta no se explica sin la aportación de los iuslaboralistas. Ahora bien, conseguida la libertad en nuestro país, cada cual se fue a su casa con el consabido agradecimiento por los servicios prestados.


¿Está el derecho del trabajo en crisis? A mi entender hay dos fenómenos que contemporáneamente se entremeten. De un lado, los gigantescos cambios en el mundo del trabajo; de otra parte, la agresiva postura de lo que Romagnoli llama la cultura iusprivatista. Recuperando viejas categorías, diré que lo primero es una situación aproximadamente objetiva; lo segundo es harina de otro costal: es una subjetiva y potente ideología que se orienta a desarbolar el bosque iuslaboralista, no por viejo sino –aunque se reformara con potentes mecanismos tuititvos —porque concede un cacho de voz y fuerza al trabajo subordinado. Se trataría de un intento de desarboladura con la idea de someter el derecho del trabajo a todas las conveniencias de la economía de mercado. Así las cosas, lo uno con lo otro están desvencijando el estatuto epistemológico del derecho del trabajo.


Partamos de la siguiente consideración: la pareja de hecho entabló sus castas relaciones de manera más o menos simultánea cuando el sistema fordista sacó pecho y se hizo el señor del universo fabril. No es, pues, una exageración que la pareja fuera, andando el tiempo, más bien un triángulo, cuyas relaciones eróticas dejaron de ser platónicas. Ahora bien, el panorama ha cambiado de tal modo que el asunto, dicho con desenfado, está de la siguiente manera: una parte del triángulo se esfuma (el fordismo está desapareciendo velozmente) mientras el resto de los castamente amancebados --aunque no hayan extendido el acta de separación --se han alejado sobremanera. Pero --¿sorpresa, sorpresa?-- tanto el sindicalismo como el derecho laboral siguen culturalmente ancorados en casi la misma praxis de cuando el fordismo hacía de las suyas. Quien desee comprobar esta cuestión no tiene más que ir a la lectura de la literatura contractual de los ahora llamados agentes sociales y de la gran mayoría de planteamientos del (tradicional) iuslaboralismo europeo, lo que implica que no me estoy refiriendo a los partidarios de la desforestación.


Si esto es así, como creo, podemos entender la necesidad del Arca de Noé que reclama Umberto Romagnoli. Ocurre, no obstante, que, tal vez para no levantar excesivos sarpullidos, el profesor boloñés no refiere que una de las más preciosas fuentes del derecho hace tiempo que se están secando. Esto es, si el convenio colectivo no genera discontinuidades con relación a la cultura fordista, ¿cómo hablar ya de utilidades del iuslaboralismo? Y si la literatura contractual no gestiona novedades ¿qué utilidad existe tanto para el conjunto asalariado como para aumentar la capacidad de representación del sindicalismo confederal? Sé de buena tinta que estas preocupaciones están presentes en más de una cabeza responsable. El problema –me lo dijeron sin rodeos— está en la dificultad de gestionar `lo nuevo´. Solución: se sigue gobernando lo viejo; ocurre, no obstante, que lo viejo va dejando de existir, precisamente debido a las grandes mutaciones que surgen a diario y por doquier. Es decir, podría ser comprensible ampararse en lo anciano, pero no tiene explicación mantener una praxis que se refiere a lo que de forma veloz está dejando de ser y existir. Así pues, si Romagnoli habla del Arca de Noé para el derecho del trabajo estamos ante un problema, pero realmente estamos ante otro más. Porque como muy bien dijo el autor de la copla “Camino verde”: la fuente se ha secado, lloran de pena las margaritas, tal como dejó cantado el maestro Angelillo. Ni siquiera, en este sentido, se puede tener el consuelo de un personaje del Fausto de Goethe cuando afirma: “Una cosa puede ser inútil para construir o intervenir en la construcción de lo nuevo, pero no es totalmente inútil para mantener lo actual”. Digo que ni siquiera podría existir este consuelo porque, por lo general, las referencias a la literatura contractual indican su relación no con lo viejo sino con lo que está desapareciendo.


Naturalmente, en estas condiciones, el ataque de los desforestadores contra el instituto del derecho laboral encuentra que llueve sobre mojado. Pero, por si las moscas (no sea que Noé preste su barca) arrecian con sus propuestas. La idea es quitar la parte de voz que el iuslaboralismo da al conjunto asalariado; porque la ración que le quita el mismo derecho laboral, bien quitada está (se dirían los desforestadores). Cierto, hay que estar ojo avizor frente y contra esos leñadores. Pero, tengo para mí, que el problema central está en nosotros mismos, en los partidarios del sindicalismo confederal fuertemente representativo y en los iuslaboralistas que siguen defendiendo el estatuto epistemológico del derecho laboral.


Digo que está en nosotros mismos. Porque los adversarios no están llamados a prestarnos el Arca de Noé, a menos que se aceptara pagar con la subalternidad el precio del alquiler de un pobre chinchorro. Está en nosotros mismos. Algo parecido les dijo Pericles a los atenienses, según refiere Tucídides: “Estoy más lleno de temor por los errores propios que por los planes del enemigo” (Historia de la Guerra del Peloponeso, I.144) Pues bien, nosotros debemos preocuparnos especialmente de nuestras cosas atenienses y dejar de poner la excusa en el ataque de los espartanos y de la alianza del Peloponeso toda.


O lo que es lo mismo, no habrá desarrollo y utilidad del derecho del trabajo si no hay una profunda renovación de la negociación colectiva, y esto es cosa que incumbe especialmente a los atenienses. Esa es la mejor Arca de Noé para el derecho del trabajo. Una profunda renovación porque, como se ha dicho anteriormente, el sistema fordista es pura chatarra. En resumidas cuentas, si el sindicalismo desaprende de sus hábitos fordistas (especialmente en el territorio de la contractualidad) las buenas repercusiones en todos los escenarios pueden ser evidentes.


Por último quiero abordar un tema espinoso: la flexibilidad. Tiene razón Romagnoli cuando, en franca polémica con los tecnócratas de Bruselas, habla del oxímoron de la flexiseguridad. Ni qué decir tiene que los amanuenses que redactaron el Libro Verde del derecho del trabajo europeo intentan dar gato por liebre y, en vez de café, nos invitan a achicoria. Para hablar con propiedad: disfrazan la flexibilidad unilateral, gobernada sólo por el empresario, con el noviembre de la seguridad para no infundir sospechas. Lo sabemos, ciertamente. Ahora bien, en mi opinión es preciso partir de un razonamiento propio, que debería elaborar la pareja de hecho: el sindicalismo y el derecho del trabajo. Comoquiera que lo he repetido en demasiadas ocasiones, seré intencionadamente breve.


Una de las grandes novedades es que la flexibilidad no es ya, como antaño, un instrumento contingente. Se diría que es ahora, y todo indica que desde hace ya algún tiempo, un instrumento inmanente, de largo recorrido. Lo que lleva a otra consideración: todo déficit de intervención sindical en ese aspecto se traduce en un incremento de la unilateralidad direccional de la empresa. Una intervención sindical que debería compatibilizar la flexibilidad con los mecanismos protectores, necesarios y suficientes, de la seguridad. Y, desde esas nuevas fuentes contractuales, rediseñar el derecho del trabajo. En caso contrario, el conjunto de los miembros de la pareja de hecho –con o sin Arca de Noé-- irían engrosando el desván de los trastos inservibles.



(Todavía no he sido convocado en solidaridad con los amigos birmanos. Hay que ver lo que cuesta ensillar a la jaca).

¿PELIGRO DE NAUFRAGIO PARA EL DERECHO DEL TRABAJO? Habla Umberto Romagnoli

¿UN ARCA DE NOE PARA EL DERECHO DEL TRABAJO?


(Lección inaugural del curso italo-latino-americano para expertos en los problemas laborales, organizado por la OIT, la Universidad de Bolonia y la Universidad de Castilla La Mancha. Bolonia, 15 septiembre 2007. La traducción es de José Luis López Bulla y de Antonio Baylos)


Umberto Romagnoli



Llueve sobre el más eurocéntrico de los derechos nacionales. Llueve a cántaros; de hecho, está diluviando. Por eso, desde hace tiempo, los iuslaboralistas de mi generación se sienten como Noé cuando leía el boletín de las previsiones meteorológicas. En realidad, están peor. Mientras el venerable patriarca sabía que podía contar con el apoyo del Señor, y de hecho recobró pronto la sonrisa, a los juristas del trabajo de mi generación les cuesta reencontrarse con el buen humor.


Ni siquiera mi estado emocional brilla como antes. De hecho me estoy convenciendo que si bien no me equivoco pensando que cuando un europeo parte para Latinoamérica se dispone a un viaje más en el tiempo que en el espacio me equivocaba sin embargo, al creer que – llegando al punto de destino – le parecería haber dado un salto atrás de muchos decenios: como si hubiera desembarcado en el pasado del Viejo Continente. La verdad es que, en el curso del último cuarto del siglo XX, han sucedido muchas cosas vertiginosamente. No me refiero solamente a la caída del Muro de Berlín que probablemente constituye el epicentro del movimiento telúrico que ha zarandeado todo el planeta. No aludo sólo a la desindustrialización y terciarización de la sociedad; al desarrollo del capitalismo financiero; a la globalización de la economía y los mercados. No. No me refiero solamente a las macro-mutaciones. Me refiero ante todo a las microdiscontinuidades que acompañan todo ello como un enjambre de abejas, sin permitirme descifrar su alcance ni comprender si se trata de temblores sísmicos o del preludio de un cataclismo todavía incabado.


He ahí una sumaria descripción de las ruinas que están recubriendo la superficie del derecho del trabajo, no sólo del italiano, y cuya estratificación demostra que todo el derecho del trabajo del pasado siglo debe ser tratado como una herencia que debe aceptarse a beneficio de inventario.


1. Los valores del libre mercado -- que habitualmente no eran glorificados por las constituciones elaboradas en la segunda postguerra en aquellos países que promovieron la construcción de la Unión Europea -- han entrado ahora en sus respectivos ordenamientos internos.



2. Una vez compartida por la generalidad de los operadores jurídicos, se ha erosionado la presunción favorable a la subordinación: el trabajo se declina en plural y el autónomo está incrementado su dimensión. Por doquier.


3. Aunque el legislador no ha dejado de compartirla, la presunción favorable a la duración indefinida de la relación del trabajo subordinado, en la práctica está invertida. Si antes era retórico decir que los nuevos contratados entrabana formar parte de una gran familia y estaban invitados a compartir l’esprit maison, ahora es realista afirmar que se sienten como las hojas de un árbol en otoño.


4. Está siendo parcelizado el principio legal de la correspondencia entre el sujeto económico que utiliza la mano de obra y el que tiene la titularidad de las relaciones de trabajo.


5. Aunque su inderogabilidad ha sido siempre un tigre de papel, ahora la norma legal a veces nace para dictar reglas que son más de plastilina que de hierro, imitando el soft-law comunitario donde, como dice Giuliano Amato, hay más ligereza que derecho. Es paradigmática la parábola de la legislación reguladora del tiempo de trabajo, que con sus rigideces marcó el nacimiento del derecho del trabajo, y se ha convertido ahora en la más flexible.


6. Por absoluto que fuera – o así se creía – el valor de la estabilidad de la relación laboral se ha relativizado. Acorralado por el revisionismo de las políticas gubernamentales y por las orientaciones jurisprudenciales –animadas no tanto por el interés de ayudar a la empresa y bajar el coste del trabajo como por la hostilidad ideológica hacia la disposición-símbolo de la ortodoxia iuslaboralista del siglo XX: la que obliga al empleador a reintegrar al trabajador injustamente despedido. Por cierto, si Italo Calvino estuviese todavía con nosotros y le contásemos las vicisitudes del instituto de la readmisión forzosa, que ha estimulado una auténtica revuelta de los hechos contra la norma escrita, el escritor concluiría que el mecanismo de la estabilidad real se parecería más a su Caballero inexistente que a su Barón rampante. Cierto, ninguno de nosotros podía razonablemente esperar que, grácil como era, el instituto de la readmisión habría de dar un motivo válido para reescribir la deprimente historia procesal de la ejecución forzosa de las obligaciones de hacer. Pero pensábamos que su desaparición se habría producido al final de un duelo épico a cara descubierta con un adversario leal e identificable. Y, sin embargo, ha sucedido que la derrota se ha consumado un poco a la vez, por agotamiento y por obra de una multitud imprecisa de desconocidos: ni siquiera el fuego amigo les ha ahorrado golpes mortales.


7. La presunción de que el sindicato no podía no practicar en su interior unas reglas inspiradas (como también querría la Corte Constitucional) “en la valoración del consenso efectivo como medida de democracia”, ha entrado ya en el universo de las presunciones virtuales, en un equilibrio inestable entre ideología y apología. Por contra, un extenso proceso de mutación antropológico-cultural ha descubierto lo que Massimo D’Antona denominaba “lo no-dicho del estatuto de los trabajadores”. Sin embargo, incluso si se colmara la laguna e, incluso, si se formularan unas normas que definieran la legitimación de los representantes sindicales y la posición de los representados respecto a aquellos, aún quedaría la duda de que ello no bastaría para volver a dar un espacio a los protagonismos colectivos en una situación donde domina una visión darwinista de la sociedad, una sociedad competitiva y adquisitiva, una sociedad molecular.


¿Será porque en el curso de estos últimos años ha sucedido en Europa todo ello – y otras cosas más – que durante el último viaje a Latinoamérica ya no acariciaba el billete de vuelta como si fuera un talismán? Tenerlo en el bolsillo no me procuraba ya la sensación de superioridad en el límite de la arrogancia intelectual que tenía en anteriores ocasiones. Al contrario, me he sorprendido al reprocharme mi retraso en comprender que desembarcar en cualquier país latinoamericano puede comportar a un europeo a tener la sensación de encontrarse en un día impreciso del futuro próximo de la propia Europa.


Si es improbable que aportaciones propositivas adecuadas puedan venir desde los más espantados guardianes de la ortodoxia iuslaboralista del siglo XX que destacan por el uso paralizante de la memoria, tampoco son de fiar los agobiantes modernizadores que llevan a proyectar para el derecho del trabajo un futuro que no tiene apenas memoria o no tiene ninguna. Mas aún, un documento presentado hace poco por la Comisión Europea – el Libro Verde – no es otra cosa que una insistente y calurosa exhortación dirigida al sector profesional de los juristas del trabajo, solicitándoles a participar en una competición para designar al mejor, entendiendo por tal aquel que sepa indicar con más despreocupación donde ha comenzado a equivocarse todo.


El concurso es menos apasionante de lo que se imaginaban los autores del documento. Y ello porque, vistas las reacciones que provienen de los ambientes jurídicos que saben de qué estan hablando, no parece que haya muchos juristas inclinados a reconocer la causa y el inicio de una singular secuela de errores en la adhesión prestada a la opinión según la cual el derecho del trabajo del siglo XX había sido uno de los pocos ejemplos indudables del progreso de la cultura jurídica, si el contrato de trabajo -- que ha sido su núcleo fundante -- no se hubiera despedido del derecho de las obligaciones para sujetarse, en el persistente silencio del legislador, a una normación que emulaba el papel de la ley, imitaba sus modulaciones y su propia sustancia autoritaria. Lo que significaba el inicio de una nueva fase. La novedad consistía en esto: multitud de productores subalternos se apropiaban del poder contractual sin el cual el derecho, que del trabajo estaba tomando nombre y razón de ser, nunca habría sido capaz de pensar en grande; mucho más en grande de lo que estaban dispuestos a aceptar intérpretes persuadidos de que su proyecto se agotaría con el refinamiento de la ética de los negocios.



Confieso que siempre me ha intrigado la pregunta consistente en saber por qué el convenio colectivo se ha ganado tan amplio favor legislativo, mucho más rápido de cuanto no le ha sido posible al conflicto colectivo. De hecho, el caso italiano es un caso emblemático: en nuestro caso, la mayor valoración legal del convenio colectivo coincide incluso con la represión penal de la huelga.


Mi respuesta es que las clases dirigentes reconocieron en el convenio colectivo un instrumento de gobernabilidad que era preferible al legislativo. Idóneo para cambiar mentalidades, estilos y modelos de vida con el consenso de las mismas colectividades obligadas a adaptarse a lo nuevo que avanzaba y, al mismo tiempo, concedía a los hommes de travail la facultad de palabra y la posibilidad de contar, en la misma medida que no le permitía alzar demasiado la voz. Es, como si dijéramos, que el convenio colectivo ha sido la criatura normativa del siglo XX más mimada por un establishment que, tras el comprensible desconcierto inicial, supo valorar adecuadamente una actitud que estaba inserta en su DNA. La actitud es la propia de los instrumentos de pedagogía de masa porque enseña a metabolizar lo que atemoriza, lo hace fisiológico y lo normaliza: la cohabitación entre un poder empresarial unilateral y un contrapoder colectivo que, como unilateralidad, querría otra tanta. Por otro lado, la idea misma de contractualidad se suicidaría si estuviera desprendida de la necesidad de una mediación estructurada para impedir la radicalización del conflicto social sin precedentes generado por el capitalismo de mercado.


Sin duda la negociación colectiva ha superado el test. Y ello, aunque no fuera sencillo probar que el reformismo es preferible a la incendiaria profecía según la cual la humanidad no tiene nada que perder excepto sus cadenas y, al mismo tiempo, acelerar la deriva de las concepciones que celebran el elogio del padre-patrón.


Ha hecho como le consentía su naturaleza: probando que la imposibilidad de realizar la liberación completa y definitiva de las cadenas no prejuzga ni la expectativa de los comunes mortales de ser (un poco) más libres y (un poco) menos pobres ni el desarrollo del sistema capitalista. No por casualidad, en la crítica de las desigualdades sociales, destinada a tomar gradualmente la forma de derecho del trabajo que conocemos, la pars construens no es inferior a la destruens e incluso en su esfuerzo de no dejarse intimidar por la coacción a contemporizar reside la fascinación del derecho del trabajo.


No obstante, la más relevante parte activa del balance de esta secular experiencia se ha ido acumulando porque el pueblo de los hombres de mono azul y manos callosas no ha tardado en reconocer en la negociación el vector capaz de trasferir al ordenamiento del Estado una concepción global y totalizante del trabajo, excéntrica con respecto a la dimensión productivista y mercantilista. De hecho, como afirma el más importante estudioso de la revolución industrial, en la cultura de la clase social, creada por la Gran Transformación, “el trabajo era solamente otro nombre para designar una actividad humana que acompaña a la vida misma, que no está producida para ser vendida, y la organización del trabajo es sólo otra expresión para nombrar las formas de vida de la gente común”.


Ciertamente los mejores juristas tienen razón en ver en la cualificación del trabajo como bien económico valorable con criterios de mercado el nudo decisivo que, en la evolución del pensamiento no sólo jurídico, ha afirmado el paso de un indistinto status de sumisión servil a una relación contractual presuntamente paritaria entre sujetos abstractamente iguales. Pero, no sin pedir excusas por el retraso, hay también que denunciar los efectos distorsionantes de la política del derecho esponsorizada por una doctrina iusprivatista cuyas categorías lógico-dogmáticas y técnico-conceptuales le permiten homologar el trabajo deducido en contrato como el objeto de una de las prestaciones pactadas. Solamente eso.


En efecto, una concepción parcelizante y descarnada, despersonalizante y desmotivadora como ésta – solidaria con los intereses del empresario en imponer a la mano de obra comportamientos funcionales a las exigencias de la organización productiva y a reprimir cualesquiera otras – es insoportablemente reductiva hasta el límite de la insignificancia. Haciendo irreconocible el conjunto de valores de los que se reclama implícitamente el trabajo, esteriliza contextualmente su derecho en la misma medida que lo inmuniza de contaminaciones externas y por eso lo condena a no influir sobre la transformación de la sociedad y del Estado. Viceversa, el derecho del trabajo ya no es la provincia menor de un imperio – el del derecho privado, perteneciente a la tradición romanista y las codificaciones del siglo XIX – porque ha dilatado su esfera de influencia y, separándose del territorio de su elección, se ha resituado en un lugar sin identidad. Una identidad que no estaba predefinida ni quizás se dejará nunca de definir. En realidad, el derecho del trabajo es un no-lugar al que no le ha bastado un siglo de historia para encontrar la colocación más apropiada en el estatuto epistemológico de las ciencias sociales que se disputan la hegemonía cultural.


Bien sé que no es esta la ocasión más favorable para remover los sedimentos de aguas profundas. Pero no puedo reprimir un gesto de irritación. Resulta exasperante, efectivamente, que la dislocación científico-cultural del derecho del trabajo dependa de la viscosidad de una organización académica del saber que levanta barreras allá donde deberían erigirse puentes, premiando una insensata propensión al dominio de monoculturas autoreferenciales. De igual modo, fastidia decir que el fascismo jurídico ha sido el único momento en que se intentó cambiar el curso de las cosas. No salió aquello, y además empeoró la situación. De todas maneras, sin embargo, incentivó al derecho del trabajo a superar la pequeña colina que le impedía la visibilidad de lo que había más allá de un contrato que comportaba la cesión de un tiempo de vida predisponiéndolo, así, a interceptar en un hábitat más favorable la evolución del constitucionalismo moderno, interactuar con él y acelerar sus ritmos hasta ejercitar una presión determinante en la dirección de la refundación democrática del Estado en un área significativa del Occidente capitalista.


Lástima que la demonización del fascismo jurídico, que caracterizó el reinicio de los estudios italianos del derecho del trabajo ya en la época republicana, haya acabado por complicar a la doctrina la tarea de explicar un por qué y un cómo:


--- por qué la tensión emancipatoria se ha desarrollado mucho más allá de la esfera del trabajo que los paradigmas de la doctrina iusprivatista identifican como un mero crecimiento del derecho civil, y


--- cómo se ha convertido en algo no relevante que la emancipación haya partido de aquí, en la amplia medida en que el derecho del trabajo, aun cuando esté necesitado de adaptaciones, se ha convertido en un elemento constitutivo de la civilización que caracteriza el Viejo Continente, aunque se haya limitado a los países de Europa centro-septentrional y meridional.


Como escribió Federico Mancini, es este el ángulo del mundo donde los legisladores “cualesquiera que sea su concepción del mundo (liberal, católica, socialista e, incluso, fascista) han estado dispuestos a modificar la condición del hombre que vende su fuerza de trabajo”. Es decir, han madurado más expeditivamente que otros y bajo gobiernos de diferente, e incluso opuesto, color, la conciencia de que el impacto de las reglas del trabajo sobrepasa el marco de las relaciones que nacen de un contrato de trabajo de derecho privado. En suma, tenían presente lo que los tecnócratas de Bruselas, y su entorno, tienden a desatender: en la relación de trabajo están implicados intereses extra-paptriomoniales de la persona, de manera que lesionarlos deteriora el status de ciudadanía exaltado por los mismos tecnócratas.


Efectivamente, si es incontestable que la marginación social empieza con la exclusión del trabajo, sólo una exageración mixtificadora puede llevar a considerar que allá donde el trabajo se desarrolla con características alienantes (tanto respecto al resultado inmediato de la prestación como al de la gestión de la organización productiva) que son propias de la subordinación, no hay necesidad de remover -- utilizando el lenguaje de la constitución italiana -- “los obstáculos del orden económico y social que, de hecho, limitan la libertad y la igualdad de los ciudadanos”.


Unos obstáculos que, como ejemplo, la Corte Constitucional italiana identificó, hace muchos años, en la situación de debilidad determinada por la menor protección del interés del trabajador en la conservación de la relación de trabajo y que le llevó a formular la regla de que la prescripción de los derechos económicos no puede transcurrir mientras dura la relación.


Unos obstáculos que, hoy, sería razonable identificar con la extensión de los contratos de trabajo no-estandar, que suscitan un sentido de inseguridad no menos opresivo (y probablemente más obsesivo) que el miedo que, en el contrato de trabajo por tiempo indeterminado, el despido suscitaba antes de la entrada en vigor de la regulación de los límites a la rescisión unilateral del contrato.


En torno a estas cuestiones, la Unión Europea parece interesada en promover una opinión pública que sea lo más favorable posible. Según los tecnócratas de Bruselas (y su entorno) el umbral de aceptabilidad – del que por otra parte no ofrecen indicadores de ningún tipo para precisarlo con la deseable concreción – está destinado a aumentar mediante la adopción de regímenes normativos que sitúan fuera de la relación de trabajo las tutelas que debe disfrutar el ciudadano-trabajador. Su común denominador se identifica con la flexiseguridad.


El oxímoron no es demencial. Surge, ante todo, de la ilimitada confianza en que para incentivar el empleo es necesario reducir los estándares de tutela del trabajo. Viceversa hay objetivos que se comparten en función también del método empleado para alcanzarlos. La democracia, por ejemplo, puede ciertamente considerarse un bien en sí. No obstante, nos preguntamos qué tipo de idea sobre la democracia se están llevando los iraquíes o a los afganos. De igual modo, pregúntemonos qué tipo de socialización se puede obtener generando praxis dominadas por el individualismo de mercado y si es sensato decir que cualquier contrato de trabajo – incluso el más escandaloso -- evita el escándalo del no-trabajo, rivalizando así (hasta ridiculizarla) la decrépita fórmula de “qui dit contractuel dit juste”.


Hágase, sin embargo, un discurso de verdad. Despues de todo, los protoliberales lo hicieron. En sus códigos civiles había un proyecto de sociedad; en sus repertorios jurisprudenciales circulaba una utopía que tenía su encanto que, en estos últimos años, ha reverdecido. En el corazón, si no tambien en la cabeza, de los intelectuales del área jurídica – al menos de aquellos que creaban opinión – vibraba una esperanza que se avergonzaba de morir: “los hombres de edad madura, y capaces de entender y de querer, deben tener la misma libertad contractual y los acuerdos, cuando son líbremente asumidos, son sagrados.”


Dígase ahora, con la misma franqueza, si el oxímoron comunitario anuncia la construcción de un orden social en el cual qué poco o qué parte de igualdad sustancial – que el siglo XX ha hecho entrar en el cuadro normativo de la relación de trabajo – se considera un lujo que la Europa del XXI no puede concederse. Por eso, antes que la demolición de lo existente sea irreversible, me agrada concluir con la advertencia de un gran europeísta: “si Europa no debiera crecer como organismo democrático, lo que quedaría por organizar ya no sería Europa”.


Eguaglianza e Libertà. Umberto Romagnoli: Un'arca di Noè per il diritto del lavoro




Nota editorial al margen de lo que se ha tratado. Quien desee escuchar de nuevo o volver a oir I Puritani (Vincenzo Bellini) y desee escaparse de lo archiconocido, no tiene más que buscar la versión de Pierre Duval y Joan Shuterland. Recomiendo muy vívamente la voz de Duval, estúpidamente olvidado.