viernes, 30 de enero de 2009

EL MANAGER 007 CON LICENCIA PARA DESPEDIR

A ver si soy capaz de aclararme: una cosa es que existe una crisis dramática y, otra bien, distinta es el aprovechamiento interesado que algunas grandes compañías multinacionales están haciendo de esta situación; ahí está, por ejemplo, algunos expedientes de regulación de empleo. Primero se amenaza con los despidos (o incluso con la deslocalización de la empresa) cuando en realidad lo que se pretendía era, es, la puesta en marcha de un proceso de reestructuración que, sin la amenaza del expediente, no habría sido aceptado por los representantes de los trabajadores, ya sea el comité de empresa ya sea el sindicato en tanto que tal. Así las cosas, lo que el management empresarial pretende es una dislocación de las anteriores condiciones de trabajo (especialmente en lo atinente al aumento y reordenación de los tiempos de trabajo y la flexibilidad, decidida de manera unilateral) y en la introducción de nuevo métodos de organización del trabajo impuestos bajo la coacción del expediente de crisis o el abandono de las instalaciones hacia otros lugares.


En palabras directas, estas grandes compañías que se mueven, en palabras de Antonio Baylos, “entre el fraude y la desvergüenza” lo que realmente tienen en la cabeza es la puesta en marcha de un proceso de reestructuración integral que no hubieran podido poner en funcionamiento (o que hubieran tenido más dificultades de todo tipo) en tiempos, vamos a llamarlo así, de normalidad. En estos casos el riesgo que siempre comporta todo proceso de esas características se trasfiere sólo y solamente a los trabajadores y sus familias; y, en parte, dicho riesgo se endosa al sindicalismo que corre el peligro, en el más amable de los casos, de ser visto por los trabajadores como un sujeto esforzado pero impotente para frenar o paliar este chorreón de situaciones con la indiscriminada “licencia para despedir” del manager 007. Un caso representativo de esta macabra auto licencia ha sido la salvaje reacción de la empresa Pirelli de Manresa: agentes de seguridad privada (auténticas torres humanas) que entregan las cartas de despido a los trabajadores de la plantilla; las imágenes televisivas eran elocuentes: los trabajadores no podían entrar, cerrado el paso por un mecanismo exactamente igual al que existe en el Metro para que la gente no se cuele.


Ahora bien, no es tan sólo la idea de poner en marcha un proceso unilateral de reestructuración. La idea del management de estas compañías trasnacionales que practican ese juego pretenden consolidar este mensaje: esta es la única cera que arde y yo tengo el yesquero para encender la vela. Es más, parecen decir, no me interesa el elenco de propuestas del sindicalismo porque lo que realmente deseo es cooptarte, es decir, que te conviertas en mi subalterno compadre y organices la resignación del conjunto asalariado. Y podrían añadir: ahora me faltas tú, sindicato, porque en buena medida lo he hecho –aunque parcialmente— con la política y las instituciones. No quiero, sindicato que, siendo como eres, sigas siendo una anomalía o, para entendernos, la criada respondona a mis decisiones.


¿La alternativa a esta situación? Debe estar en la cabeza de los dirigentes sindicales. Lo digo porque lo intuyo con más o menos aproximación. Se trata de gente bragada en mil situaciones diversas; es a ellos a quienes corresponde poner la debida puntuación a todas las íes de la situación. Y como hipótesis fiable sabemos que estarán a la altura. Desde fuera lo que debemos hacer es apoyarles. La ciudad de Parapanda está con vosotros.


miércoles, 28 de enero de 2009

LA "RENUNCIA" Y LA TRANSICIÓN ESPAÑOLA



Otra vez, desgarbadas las filas y marcialmente desordenadas, se oyen las voces de algunos: “La transición española fue un acto de renuncia”. Tuve ocasión de entrar al trapo de esta recurrente discusión a raíz de la publicación de un artículo sobre el tema del historiador Ferran Gallego en “El País” el domingo pasado. Mis contertulios de tabernilla pertenecen a diversas generaciones, incluida la que vivió directamente aquella etapa tan requetediscutida. Matiz más, matiz menos estos fueron mis razonamientos. Pero, antes de entrar en harina, lo sorprendente de nuestra conversación es que nadie aludió al pretexto que nos llevó a la discusión, esto es, el artículo de Gallego. Me arremango los brazos de la camisa y entro en el asunto.


Observo que una novedad en la discusión de la transición es que se ha convertido en una coartada de las dificultades que tienen algunas expresiones políticas y determinados grupos (de la más variada condición) para situarse o resituarse en el actual quehacer público de nuestro país. Por lo general el mensaje que parecen trasmitir es: “nosotros no teníamos altas responsabilidades a la hora de decidir” (unos), “nosotros no estábamos ahí” (otros). El punto de contacto entre ambos sería: la transición fue una renuncia de los mandamases de la política de aquellas añadas, aunque los hay también que utilizan un lenguaje con más desparpaja contundencia, esto es, aquello fue una traición. Si intentas tirar de la manta, el hilo conductor de mis contertulios está buscando, no exactamente la aproximación a un proceso histórico sino la búsqueda de una serie de justificaciones que puedan explicar una serie de fracasos propios, un conjunto de limitaciones (también propias) para representar, como ellos desearían idealmente, a una mayor parte de la ciudadanía. Así pues, que ciertos sectores de la izquierda se encuentren en una determinada precariedad o que sectores independentistas no se vean, en su autorizada opinión, en puertas de conseguir sus reivindicaciones, queda explicado por la renuncia o la traición. En lo atinente a estos últimos vale la pena traer a colación hasta qué punto se distorsiona –tal vez a sabiendas y queriendas— la historia, la historia más reciente. Por ejemplo,…


… en un reciente acto independentista celebrado en el Palau de la Música, las imágenes de las potentes manifestaciones de masas de la famosa primavera Barcelona de 1976 (“amnistia, llibertat i Estatut d’ Autonomia”) se metamorfosearon en la “independència de Catalunya”. La señal de aquella sorprendente transformación simbólica era: véis, véis, con aquel gentío, que gritaba independencia nos quedamos en tres chucherías gracias a la renuncia y la traición de los capitostes que estaban en primera línea. Francamente, es posible que este personal sea sincero, pero la sinceridad no equivale a disponer de los mínimos conocimientos de aquella época, ni de ninguna otra. En caso de insinceridad –si la hubiere, lógicamente— no es posible conversar. ¿Qué no tenemos república? La responsabilidad estaría, nuevamente, en aquella hermandad de renunciantes o, peor aún, en aquella acomodada tribu que no quiso estar por la labor. Así las cosas, lo mejor es acudir al concepto teologal de la “renuncia” como explicación del fenómeno. O bien, encontrar la explicación en el concepto civil (o militar, si es el caso) de la “traición”. Pues no, …


… no divago de ninguna de las maneras: tanto la renuncia como la traición disparan, con estrafalaria energía, contra el instituto del pacto, del hecho de la negociación. De ahí que el pacto sea visto por mis contertulios de taberna como un comistrajo de renuncias y no como la compatibilización de unos vínculos mínimos no contradictorios entre sí. Y con mayor precisión: el hecho de no (querer) entender que esos vínculos mínimos son el hecho constitutivo del pacto. Un pacto que, por lo demás, suele ser con inusitada frecuencia el resultado de lo que en política se llama las relaciones de poder o las correlaciones de fuerza, como se decía en mis años mozos. Unas relaciones que se van creando, con sus meandros más o menos representativos, a lo largo de tiempos. Comoquiera que…


… la memoria es flaca les recordé a mis cofrades de taberna algunas piezas del anecdotario de mis años mozos en la importantísima ciudad de Mataró. Durante años, las únicas manifestaciones -–durante el franquismo, ¿eh?— en exigencia de las libertades democráticas y nacionales del pueblo de Catalunya fueron convocadas por Comisiones Obreras y el Partit Socialista Unificat de Catalunya (comunista). Salvo rarísimas excepciones los manifestantes eran trabajadores de la industria y la construcción. Los grupos que afirmaban rotundamente estar a la izquierda de los convocantes nos acusaban caritativamente de “hacerle el juego a la burguesía”. Una burguesía que tenía tanto interés catalanista como el que yo tengo por la cría del ganado caballar en Dakota del Norte. Un sólo sector de la izquierda social (Comisiones Obreras) y un sólo grupo político –ambos, para entendernos, cuatro y el cabo—podían crear una correlación de fuerzas muy limitada, porque a su izquierda putativa aquello no le interesaba (es más, era una renuncia) y al resto de las fuerzas políticas aquello, en los hechos de la vida política real, esto es, el compromiso militante, ni le iba ni le venia. Debo aclarar que no critico a nadie, simplemente relato la fisicidad de los comportamientos de unos y otros.


En resumidas cuentas, la complejidad de todo un proceso histórico queda reducido en el acné de mis contertulios de cafetín carajillero a mera renuncia: no franciscana, no estoica sino traidora. Y como esos llamados científicos sociales que ponen primero la conclusión y sólo buscan los datos que conducen al ideologicismo apriorístico, situar en primer lugar la renuncia y, a continuación, se ehebra un manojo de ajos con el rumbo puesto en la traición. La observación de que la consciencia real era una y la posible otra para crear unas relaciones de poder; la existencia de unos poderes fácticos todavía muy potentes; el hecho de una feroz crisis económica con unas cotas de inflación del 25 por ciento… no sólo no es tenido en cuenta por mis contertulios sino que ponen las cejas como acentos circunflejos como diciendo que todo ello es irrelevante.


¿Estoy diciendo que la transición fue una maravilla? No padre. Fue el resultado de unos datos, tangibles e intangibles, que de manera imperfecta se hizo en función de unas condiciones que, en parte, se han dicho más arriba. Es de reclamar que se haga historia seria sobre el tema. Sea como fuere, hacer esa historia significaría poner en su correspondiente lugar las discontinuidades que se provocaron. No importa lo suelto de lengua de cada cual, pero tiene un límite: las excusas sobre cómo están algunos en la actualidad no valen; las miserias de hogaño de algunos no es responsable antaño.


Parapanda, 28 de Enero de 2008

martes, 20 de enero de 2009

¿PARA QUÉ SIRVE EL MINISTERIO DE TRABAJO?




Hace tiempo que vengo al taller y no sé a qué vengo. Más concretamente sigo sin saber para qué sirve en la actualidad el Ministerio de Trabajo. Mis sospechas, que no certezas, me dicen que se ha convertido en un almacén de datos, en un chambao donde se aprueban los expedientes de crisis. Y poca cosa más. Lo digo porque, consternado, observo que desde hace décadas no surgen del Ministerio ninguna propuesta digna de los tiempos que corren (de grandes transformaciones en todos los sentidos, especialmente en el trabajo heterodirecto) ni mucho menos en este ahora mismo en que están cayendo sobre y contra el trabajo chuzos de punta. El Ministerio se limita a dar cifras, al día siguiente corregidas por otras instituciones.


Hubo una época –me estoy refiriendo a Europa-- en que el Ministerio de Trabajo era una auténtica factoría de realizaciones y proyectos. Sus titulares, miembros de las diversas izquierdas políticas, eran personajes de gran formato: sabían que el trabajo era la fuente, el fin y el marco de sus acciones. Y, desde ahí, actuaban en consecuencia. Ahora, supongo, también lo saben. Pero el carácter del Ministerio ha ido cambiando de tal manera –en toda Europa, no sólo en España— que sus titulares son, esencialmente, una terminal administrativa. Sólo actúan a través de los resarcimientos que prevé el Estado de bienestar. Repito: ningún proyecto digno de ese nombre en la cabeza de sus titulares. Es más, nada se ha dicho hasta la presente del papel que debería jugar el Ministerio en estos momentos de encrucijadas: la relativa a las grandes transformaciones y la atinente a la coyuntura tan dramática en la que nos encontramos.


Lo cierto es que cada día que pasa la prensa informa de un aluvión de expedientes de crisis. Ante esta situación no parece probable que el Ministerio esté en condiciones de elaborar un proyecto de largo recorrido. Pero sí sería posible que hubiera un cambio de responsables. Con gente que conoce el paño y a la que se le supone no sólo ideas de choque, siempre necesarias, sino lo dicho: capacidad de proyecto. Como no se trata de tirar el guijarro y esconder la mano, ahí van tres nombres. Que diré incluso con el riesgo de que los que voy a mentar se acuerden escatológicamente de mis antepasados. Por orden alfabético son: Manuel Castells, Antonio Gutiérrez Vegara y José María Zufiaur.


¿Qué a qué viene un científico como Castells en esos menesteres? Pues a lo mismo que otro científico, Bernat Soria, llegó con sus bagajes y probados saberes. Un científico de fama mundial que, ahora ministro, está haciendo una labor, porque tiene un proyecto en su cabeza. Tres cuartos de lo mismo podemos decir de Manuel Castells. En lo que se refiere a Gutiérrez y Zufiaur me limito a destacar sus biografías suficientemente conocidas por el Presidente del Gobierno. Un inciso: recuerde el seso dormido y despierte contemplando el elenco de grandes sindicalistas europeos que han sido ministros, no sólo de Trabajo, también de Hacienda. No sólo en gobiernos socialistas o socialdemócratas sino también conservadores. A menos que se tenga un indisimulado reparo contra el tan reconocido menester del sindicalismo. Por lo demás, el mismísimo Felipe González no hizo ascos a importantes dirigentes de UGT a la hora de ocupar diversos ministerios.


Ahora bien… en mi caso no estoy proponiendo los nombres de Gutiérrez y Zufiaur porque, en su día, fueron dos reputados sindicalistas. Simplemente lo hago porque intuyo que podrían darle un giro al asunto. O, si se prefiere mayor boato, ahí está Manuel Castells. En resumidas cuentas, es la hora de cambiar el dúo de la zarzuela “El puñao de rosas” (“hace tiempo que vengo al taller y no sé a qué vengo”) por algo consistente. Porque, al decir del amigo Jimmy Fontana, gira il mondo. Que para paliar mis impertinencias dedico, sin haberlo solicitado ninguno de los tres, a Castells, Gutiérrez y Zufiaur. Ahí va:
il mondo


Posdata. Por favor, profesor Castells, si me presento a examinarme, no me suspenda por este embolao.


Broncas y desacuerdos a: jlparapanda254@gmail.com

lunes, 19 de enero de 2009

BRUNO TRENTIN, CORRESPONSAL DE GUERRA

Diario di guerra es el título de un libro que un jovencísimo Bruno Trentin escribió en francés, su segunda lengua. La periodista Marcelle Padovani, la compañera de Trentin, lo rescató de un viejo arcón y, una vez traducido al italiano, se editó. Como es sabido, Trentin nació en Pavie (Francia) donde sus padres, Silvio Trentin y Beppa Nardari, perseguidos por Mussolini, estaban exiliados. De hecho nadie tenía la menor noticia de la existencia de este cuaderno donde el chaval (diecisiete años) iba apuntando sus impresiones sobre la marcha de la Segunda guerra mundial.

En un momento determinado (no es cosa de desvelar los pormenores) padre e hijo hacen los bártulos y abandonando Francia ingresan en la Resistencia. Pocos días antes el joven había acabado el cuaderno con esta frase: “Manos a la obra”. Tal como nos informó Simón Muntaner el libro ha sido editado por Donzelli.

Discos solicitados. Por Carlitos Vallejo:
Canto Quinto de la Divina Commedia (Recital)

miércoles, 14 de enero de 2009

LA HUELGA DE LOS JUECES: El Estado contra el Estado





A finales de diciembre escribí sobre ¿LA HUELGA DE LOS JUECES? Ahora confieso que me quedé corto. Porque, de la misma manera que hay mucho que hablar del bacalao, también hay mucho que comentar sobre este conflicto. Cosa que haré con titubeos y con el rabillo del ojo puesto en lo puedan decir al respecto juristas tan competentes como mis sobrinos, los profesores Antonio Baylos y Joaquín Aparicio. Pues bien…


… la única certeza que comparto con los jueces convocantes es que, según dejó cantado Amalia Rodrigues,
"uma Casa Portuguesa é con certeza, é con certeza una casa portuguesa". El resto de los asuntos es perfecamente opinable, y desde ese punto de vista presento este ejercicio de redacción, no sin advertir algo ya sabido por algunos amigos, conocidos y saludados: mis conocimientos chusqueros sobre la materia puede que me jueguen una mala pasada.


Doctores hay que piensan que los jueces pueden ejercer el derecho de huelga y doctores hay también que afirman lo contrario. Estamos aproximadamente en una situación parecida a
la Parrala: unos dicen que sí, otros que no. Normal en un debate académico. Los partidarios del sí explican que la Constitución no lo prohíbe, aunque a decir verdad no mientan que nuestra Carta Magna prohíbe taxativamente la adscripción de los magistrados, jueces y fiscales a [partidos políticos y] sindicatos. De ahí que tan necesario personal esté encuadrado, si es de su gusto, en asociaciones. Ahora bien, si estas asociaciones tuvieran el derecho-poder de convocar huelgas ¿qué les diferenciaría del sindicato? Claro, podrían no ser las asociaciones quienes llamasen a la huelga. Podrían ser colectivos o personas de “reconocido prestigio” en el menester quienes se disfrazaran de noviembre para no infundir sospechas, según versificó el más preclaro hijo de Fuentevaqueros. Pero en ese caso estarían parapetándose en un burladero chocante, aplicándose la conocida ley del encaje, cosa inconcebible pues podrían caer en provaricación. [Lean bien, no he dicho prevaricación. En la jerga de la ciudad de Parapanda se llama provaricación cuando un funcionario público hace algo fuera de la ley a sabiendas y queriendas].


Como se ha dicho más arriba, también hay académicos que discrepan de los que defienden ese derecho de huelga para los magistrados y jueces. De manera que la discusión que propongo, si se me permite la intromisión, la podríamos calificar de metajurídica. La razón de ello es que académicamente no parece que se aclare el bochinche: tres cuartos de lo mismo ocurre con la sinfonía 37 que unos musicólogos atribuyen a Mozart y otros a Haydn; de ahí que algunos parapandeses le llamemos pacíficamente la 37 sin más. Pero ese irenismo no conviene en un asunto de tanta relevancia como el que nos llevamos entre manos. Así pues, la discusión debería ir –sin obviar la conversación académica— por otro
camino: ya sea verde o no, ya vaya a la ermita o no.


La cuestión de fondo es la siguiente: ¿puede un poder del Estado enfrentarse tan conflictivamente con el Estado? Depende cómo sea la respuesta –por ejemplo, en sentido afirmativo— estaríamos ante una minimización y dispersión en tropel de los poderes del Estado. Lo que, sea importante o no, conllevaría un cambio de metabolismo del constitucionalismo. Más todavía, sería un cambio no producido por los representantes de la soberanía popular sino por un acontecimiento –no el derecho de huelga estipulado por la Constitución, sino esta huelga que pretenden convocar los caballeros con toga y puñetas-- cuya naturaleza es, como mínimo, extra constitucional o aconstitucional.


Por lo demás, tengo para mí que estos caballeros necesitan algunas atinadas observaciones de uno de los viejos padres de la izquierda europea, uno de los más grandes sindicalistas de la historia:
Giuseppe Di Vittorio. Con la venia: séame permitido que explique una de sus más famosos razonamientos. A mediados de los años cincuenta la CGIL, el sindicato que dirigía nuestro amigo italiano, sufrió tal batacazo en la Fiat de Turín que ha quedado a la historia con el nombre de la “derrota de la Fiat” [la derrota de la Fiat]. Los compañeros de Di Vittorio le echaron la culpa a los otros sindicatos, a la dirección de la empresa: sólo faltó el maestro armero. Di Vittorio, en una gran asamblea, clamó aproximadamente: “Vale, vale. Pero, en el caso de que sea así –incluso si todos ellos tienen el noventa y nueve por ciento de culpa de nuestra derrota— el uno por ciento de nuestra responsabilidad es nuestro cien por cien”. Intelligenti pauca, Di Vittorio sabía que pocas palabras bastan cuando se habla a inteligentes.


Yendo por lo derecho: aunque sea poca la responsabilidad de los magistrados y jueces –pongamos por caso el uno por ciento divittoriano-- ¿no será cosa de que lo reconozcan? Ciertamente, todos convenimos que la Justicia no cuenta con los medios necesarios para abordar las patologías sociales. Pero ¿quién quiénes son los responsables de la organización del trabajo? ¿Por qué se mantienen formas prototayloristas en esa organización del trabajo? ¿Por qué siguen campando por sus respetos técnicas de viejo capatazgo en los centros de trabajo? Y su contrario: ¿por qué en aquellas dependencias judiciales, también necesitadas de más medios, los retrasos son menores? El uno, el uno por ciento divittoriano también (aunque no sólo) es una cuestión. [No he dicho la cuestión sino una cuestión, caballeros]


Por lo demás, hay mucho que hablar del bacalao. Perdón, de la cuestión que nos preocupa. Por ejemplo, si establecemos la hipótesis de que la huelga es pacíficamente legal, ¿a qué viene una reunión –según unos clandestina, otros dicen que discreta— que se celebró el otro día, el domingo pasado, en Madrid para coordinar los pespuntes? Lo más lógico es que se hubiera hecho a la luz del día, no à la Blanqui. Otra pregunta, tan impertinente como la anterior, es: ¿Se convoca la huelga para el mes de junio para dar tiempo a la reflexión a la contraparte –es decir a otro poder del Estado— o para establecer una tosca tensión hacia la contraparte, el Estado? Estos caballeros, que bien podrían ser los esclavos felices (el oxímoron es del maestro Juan Crisóstomo de Arriaga) deberían aclarar las cosas. Por lo menos al personal chusquero del que soy uno de sus exponentes.


Notas del capataz del blog. Para aliviar la tensión tengo el gusto de dedicar la pieza que ya verás a una jurista de postín, doña Gloria Wilhelmi. Vaya usted a pensar qué pensará de lo que he escrito. Se trata de una pieza del maestro granadino Angel Barrios:
Angelita. Se comentaba en el granadinísimo restarurante "Los Manueles" que doña Berta Wilhelmi tenía en los cuernos de la Luna a Angel Barrios.



Buzón de lamentos, insultos y demás:
jlparapanda254@gmail.com

Se aclara que los dos caballeros del retrato de arriba no son jueces, sino catedráticos que se disponen a hacer la Laudatio a un caballero que hace años fue juez, galardonado en Toledo como doctor honoris causa.




jueves, 8 de enero de 2009

LOS MONOPOLIOS DE LAS CERTEZAS


Hace días me ocupaba en PROBABLEMENTE DIOS NO EXISTE de los anuncios que, con esa leyenda, aparecerán en los lomos de algunos autobuses de Barcelona. El lector podrá ver el rifirrafe que me traigo a raiz de algunos comentarios que me hace llegar Carles. Una de las líneas más sobresalientes de tales opiniones es: Un creyente es un ignorante resignado, un necio sumiso... o un farsante profesional que vive del cuento: la voz del amo. Es normal que estén contentos los señoritos como el Comín que ahora resulta que trajo la libertad no se sabe donde, porque aquí juzgan lehendakaris por hacer política a la primera denuncia de un fascista meapilas. Una curiosa manera –me digo para mis adentros – de enfocar la cuestión.


Le respondo con un poco de retranca –los orígenes granadinos siempre sacan a flor de piel la malafoyá congénita, sin que eso sea disculpable— y le recuerdo ciertos nombres de gente cristiana con un verdadero y auténtico compromiso social. Con cierta mala uva le pregunto a Carles si nuestro José María Valverde, gran poeta y extraordinaria persona, podía ser considerado un necio. O Frei Betto. Se me olvidó Ernesto Cardenal. Como no podía ser de otra manera, Carles entra pastueñamente en la roja franela y responde, ahora sí, de manera un poco avinagrada. No se sabe muy bien por qué afirma que no está dispuesto a recibir lecciones de Historia de la Filosofía por un sindicalista como yo. Posiblemente se le contagiara el pijo vicio de leer en diagonal. Sin embargo, esto último –no querer recibir lecciones de alguien, que ni siquiera, cosa rara, lo intentó—es irrelevante. Lo curioso es… …


… hasta qué punto hay, todavía, intelectuales de izquierdas que tienen como patrón el monopolio de las certezas. Ni siquiera una miajica de duda. Ni siquiera un balbuceo de “a ver, a ver”. Ni siquiera una interrogación de por qué un amigo suyo, Jaume Botey –un creyente, ergo un necio—está activamente comprometido con el comunismo. Ni siquiera una extrañeza de los motivos que llevaron a Paco Fernández Buey (que no necesita presentación alguna) escribió un artículo al alimón con otro necio, José Ignacio González Faus que, por más señas, es teólogo y jesuita. Aquí está la referencia:
¿Dios en Barajas? José I. González Faus, / Francisco Fernández Buey Un ejemplo, donde los haya, de diálogo impecable entre un increyente y un creyente. Ni siquiera, por parte del comentarista, una inquietud de por qué Enrico Berlinguer dialogaba con el Obispo de Ivrea. O, más aún, los motivos de los elogios de ese viejo león del comunismo, Pietro Ingrao, a Dom Milani, el sacerdote tan preocupado por la cultura de “los de abajo”. De ahí que, de momento, saque una conclusión provisional: los necios están muy bien repartidos en los cuatro puntos cardinales del universo. Incluso en Parapanda –con ser Parapanda— hay necios. Son fácilmente distinguibles por su irascibilidad militante.


En mi opinión, los valores de la increencia y los valores de la creencia no son ni verdaderos ni falsos. Están ahí, y punto. Este punto de vista me lleva a considerar que, en ese sentido, somos los increyentes (palabra que me horroriza, porque –como negativa-- me pone en función del creyente en positivo) quienes hemos ganado más a lo largo de la historia. Mucha sangre les costó a nuestros mayores: en primer lugar a los increyentes, pero también a los aliados que tuvieron, aquellos ilustrados, aquellos liberales de antaño. Por utilizar una vieja expresión: gracias a una sabia “política de alianzas” entre increyentes y creyentes. Así pues, si se considera necio a todo viviente que cree la única política (común, como coaligados) de alianzas se va a freir puñetas. Sólo quedaría la política de pocos pelos y bien peinados. Nosotros sólos, pues, contra Bonifacio VIII.


Es posible que algunos consideren piedra de escándalo mi opinión de que los valores de la creencia y los de la creencia no son verdaderos ni falsos. Es mi opinable parecer. Pero hasta la presente nadie ha demostrado nada: sólo las matemáticas prueban. Aunque también en esta disciplina hay quien se le va la mano con afirmaciones tan garrulas como quella que indicó Leopold Kronecker que, en su polémica con Georg Cantor, afirmó: “Dios hizo los números enteros; el resto es cosa del hombre”. Cosa que tampoco demostró, por supuesto.


Repito: nadie ha demostrado nada al respecto. De ahí la necesidad de la tolerancia. Una tolerancia activa y con debate sereno en torno a las reglas de la democracia pluralista. En ella se ha conseguido algo que no se ha valorado todavía lo suficiente: la separación entre la moral y el Derecho. Cierto, todavía queda mucho camino que andar. Pero ahí está, ahí está viendo pasar el tiempo como la Plaza de Alcalá o la ciudad de Premià de Marx. Lo peor sería…


… que nos enfrascásemos en una reedición de las viejas reyertas de casino eructando todos a favor de su propio monopolio: del creyente y del increyente. O que se reeditara la patochada de aquella votación en el Ateneo de Madrid: durante la II República, dicho ateneo puso a votación la existencia de Dios; éste ganó por un voto de diferencia –en Madrid todo se gana por poco--, pero no consta que cambiara creencia alguna. Otra patochada de gran relevancia fue la leyenda que había en el aereopuerto de Tirana: “Dios no existe, Hender Hoxa, sí”. Cuando murió el tirano albanés, salieron desde debajo de las piedras más creyentes que afiliados al partido comunista albanés.


En definitiva, la campaña de los autobuses barceloneses –en vez de convertirse en una llamada a la discusión seria y temperada—puede convertirse en un berenjenal más propio de una zahúrda que una invitación a la reflexión y a la tolerancia. Vale la pena correr ese riesgo, por supuesto. Pero, voto a Sanes, no eructemos demasiado. .

Tadeo Giorgio - Zarastro-aria-Flauto magico-Mozart (En el Teatro Ana María Iriarte de Parapanda, canta Tadeo Giorgio)


Nota.- Os envio un link con un blog de un cooperante que se ha quedado en Gaza y cuenta el infierno desde dentro. http://guerrillaradio.iobloggo.com/

sábado, 3 de enero de 2009

¿UNA HUELGA GENERAL?




Creo que se están generando las condiciones para una huelga general como acto de protesta y rebeldía: ha declarado Cayo Lara, el flamante primer espada de Izquierda Unida. La primera consideración: no parece haber cambiado gran cosa el cambio de dirección en IU. Nuevamente la mitomanía de la huelga general –con o sin mayúsculas— vuelve a aparecer siguiendo las caprichosas evoluciones del Guadiana. Hasta la presente nadie ha recogido el guante. Entiéndase, nadie que pueda convocarla. Aunque es posible que vengan algunas respuestas, disfrazadas de noviembre para no infundir sospechas de moderación, del siguiente tenor: “No la descartamos, ya veremos, el rio Guadalquivir pasa por Coria, pasa por Coria, Coria del Río”.


En cualquier caso, dígase lo que se quiera, pero el dirigente de IU parece medir sus palabras: no habla de la inminencia de la huelga general, y moderadamente se limita a informarnos de que “se están generando las condiciones”. Hábil, por supuesto. Ahora bien, la frase encierra la recurrente visión arcaizante de la huelga general. Se trata, en palabras de Cayo Lara, del vínculo entre huelga general y el acto de protesta y rebeldía. O, lo que es lo mismo: un acto de revoltés neomilenaristas. Así las cosas, la huelga (general o no) sería un rotundo testimonio de protesta, pero sin alternativa; un acto de rebeldía que, ayuna de propuestas de reformas, se limitaría a dejar sentado que se es rebelde. En pocas palabras, la huelga general no se concibe para que el protagonismo de los sujetos activos se concrete en transformaciones. Lo que me lleva a la siguiente consideración…


¿Qué tiene esto que ver con la tradición comunista de Gramsci y Togliatti, por ejemplo? Me refiero a la tradición comunista porque Cayo Lara es comunista y, por supuesto, a mucha honra. ¿Qué tiene que ver la rebeldía con la tradición comunista? Yo veo, dentro de mis limitaciones, otras cosas de más envergadura que la rebeldía en la tradición comunista.