A ver si soy capaz de aclararme: una cosa es que existe una crisis dramática y, otra bien, distinta es el aprovechamiento interesado que algunas grandes compañías multinacionales están haciendo de esta situación; ahí está, por ejemplo, algunos expedientes de regulación de empleo. Primero se amenaza con los despidos (o incluso con la deslocalización de la empresa) cuando en realidad lo que se pretendía era, es, la puesta en marcha de un proceso de reestructuración que, sin la amenaza del expediente, no habría sido aceptado por los representantes de los trabajadores, ya sea el comité de empresa ya sea el sindicato en tanto que tal. Así las cosas, lo que el management empresarial pretende es una dislocación de las anteriores condiciones de trabajo (especialmente en lo atinente al aumento y reordenación de los tiempos de trabajo y la flexibilidad, decidida de manera unilateral) y en la introducción de nuevo métodos de organización del trabajo impuestos bajo la coacción del expediente de crisis o el abandono de las instalaciones hacia otros lugares.
En palabras directas, estas grandes compañías que se mueven, en palabras de Antonio Baylos, “entre el fraude y la desvergüenza” lo que realmente tienen en la cabeza es la puesta en marcha de un proceso de reestructuración integral que no hubieran podido poner en funcionamiento (o que hubieran tenido más dificultades de todo tipo) en tiempos, vamos a llamarlo así, de normalidad. En estos casos el riesgo que siempre comporta todo proceso de esas características se trasfiere sólo y solamente a los trabajadores y sus familias; y, en parte, dicho riesgo se endosa al sindicalismo que corre el peligro, en el más amable de los casos, de ser visto por los trabajadores como un sujeto esforzado pero impotente para frenar o paliar este chorreón de situaciones con la indiscriminada “licencia para despedir” del manager 007. Un caso representativo de esta macabra auto licencia ha sido la salvaje reacción de la empresa Pirelli de Manresa: agentes de seguridad privada (auténticas torres humanas) que entregan las cartas de despido a los trabajadores de la plantilla; las imágenes televisivas eran elocuentes: los trabajadores no podían entrar, cerrado el paso por un mecanismo exactamente igual al que existe en el Metro para que la gente no se cuele.
Ahora bien, no es tan sólo la idea de poner en marcha un proceso unilateral de reestructuración. La idea del management de estas compañías trasnacionales que practican ese juego pretenden consolidar este mensaje: esta es la única cera que arde y yo tengo el yesquero para encender la vela. Es más, parecen decir, no me interesa el elenco de propuestas del sindicalismo porque lo que realmente deseo es cooptarte, es decir, que te conviertas en mi subalterno compadre y organices la resignación del conjunto asalariado. Y podrían añadir: ahora me faltas tú, sindicato, porque en buena medida lo he hecho –aunque parcialmente— con la política y las instituciones. No quiero, sindicato que, siendo como eres, sigas siendo una anomalía o, para entendernos, la criada respondona a mis decisiones.
¿La alternativa a esta situación? Debe estar en la cabeza de los dirigentes sindicales. Lo digo porque lo intuyo con más o menos aproximación. Se trata de gente bragada en mil situaciones diversas; es a ellos a quienes corresponde poner la debida puntuación a todas las íes de la situación. Y como hipótesis fiable sabemos que estarán a la altura. Desde fuera lo que debemos hacer es apoyarles. La ciudad de Parapanda está con vosotros.


